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XIII. El diario del Dr. Seward

con tranquilidad, tomando un autobús hacia Hyde Park Corner. Jonathan pensó que me interesaría dar un paseo por Row, así que nos sentamos; pero había muy poca gente y resultaba triste y desolador ver tantas sillas vacías. Nos hizo pensar en la silla vacía de casa; así que nos levantamos y caminamos por Piccadilly. Jonathan me sostenía del brazo, de la misma manera que lo hacía en los viejos tiempos, antes de que yo fuera al internado. Me pareció muy indecoroso, pues no se pueden pasar varios años enseñando etiqueta y decoro a otras chicas sin que la pedantería de ello se te pegue un poco; pero era Jonathan, era mi esposo, y no conocíamos a nadie que nos viera —y nos habría dado igual si lo hubieran hecho—, así que seguimos caminando. Estaba mirando a una chica muy hermosa, con un sombrero grande de ala ancha, sentada en una victoria frente a Guiliano, cuando sentí que Jonathan me apretaba el brazo con tanta fuerza que me hizo daño, y dijo en un susurro: «¡Dios mío!». Siempre me preocupa Jonathan, pues temo que algún ataque de nervios vuelva a afectarle; así que me volví rápidamente hacia él y le pregunté qué era lo que le alteraba. Estaba muy pálido y sus ojos parecían salirse de las órbitas mientras, entre el terror y el asombro, contemplaba a un hombre alto y delgado, con nariz aguileña, bigote negro y barba puntiaguda, que también estaba observando a la joven. La miraba con tanta intensidad que no nos vio a ninguno de los dos, por lo que pude observarlo detenidamente. Su rostro no era un buen rostro; era duro, cruel y sensual, y sus grandes dientes blancos, que parecían aún más blancos debido a lo rojos que eran sus labios, terminaban en punta como los de un animal. Jonathan se quedó mirándolo fijamente, hasta que temí que se diera cuenta. Temía

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