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6 de septiembre

comunes. Mire, yo mismo las coloco en su habitación. Yo hago la guirnalda que usted ha de llevar. ¡Pero chist! ¡Nada de contárselo a otros que hacen preguntas tan inquisitivas! Debemos obedecer, y el silencio es parte de la obediencia; y la obediencia ha de traerla fuerte y sana a los brazos amorosos que la esperan. Ahora siéntese quieta un momento. Venga conmigo, amigo John, y me ayudará a decorar la habitación con mis ajos, que vienen de muy lejos, de Haarlem, donde mi amigo Vanderpool cría hierbas en sus invernaderos todo el año. Tuve que telegrafiar ayer, o no habrían estado aquí. Entramos en la habitación, llevándonos las flores. Las acciones del Profesor eran ciertamente extrañas y no se encontraban en ninguna farmacopea de la que jamás haya oído hablar. Primero aseguró las ventanas y las cerró bien con pestillo; luego, tomando un puñado de flores, las frotó por todos los marcos, como para asegurarse de que cada ráfaga de aire que pudiera colarse viniera cargada con el olor a ajo. Después, con el manojo, frotó todo el mamba de la puerta, arriba, abajo y a cada lado, y alrededor de la chimenea de la misma manera. Todo me parecía grotesco, y al poco tiempo dije:⁠— —Bueno, Profesor, sé que siempre tiene una razón para lo que hace, pero esto sin duda me desconcierta. Menos mal que no tenemos ningún escéptico aquí, o diría que está haciendo algún sortilegio para espantar a un espíritu maligno. —¡Quizás lo esté! —respondió con tranquilidad mientras empezaba a hacer la guirnalda que Lucy iba a llevar al cuello. Luego esperamos mientras Lucy hacía su aseo para pasar la noche, y cuando estuvo en la cama, él vino y le ajustó personalmente la guirnalda de ajos alrededor del cuello. Las últimas palabras que le dijo fueron:⁠— —Cuide de no perturbarla; y

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