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XXI. Diario del Dr. Seward

hacía con un propósito, no dije nada. Van Helsing se volvió hacia Morris y preguntó: > > —¿Y usted, amigo Quincey, tiene algo que contar? > > —Un poco —respondió—. Puede que sea mucho con el tiempo, pero por ahora no puedo decirlo. Creí oportuno averiguar, si fuera posible, adónde iría el conde al marchar de la casa. No lo vi; pero vi un murciélago alzarse desde la ventana de Renfield y aletear hacia el oeste. Esperaba verlo marchar de alguna forma de regreso a Carfax; pero evidentemente buscó otra guarida. No volverá esta noche; pues el cielo se tiñe de rojo en el este y el amanecer está cerca. ¡Debemos trabajar mañana! > > Dijo estas últimas palabras entre los dientes apretados. Durante un espacio de tal vez un par de minutos reinó el silencio, y creí poder oír el sonido de nuestros corazones latiendo; entonces Van Helsing dijo, colocando su mano con mucha ternura sobre la cabeza de la señora Harker: > > —Y ahora, madam Mina —pobre, querida, querida madam Mina—, cuéntenos exactamente lo que pasó. Dios sabe que no quiero que sufra; pero es necesario que lo sepamos todo. Pues ahora más que nunca hay que hacer todo el trabajo rápido, tajante y con mortal seriedad. Se acerca el día que debe poner fin a todo, si puede ser; y ahora es la oportunidad de vivir y aprender. > > La pobre y querida dama se estremeció, y pude ver la tensión de sus nervios al abrazar más fuertemente a su esposo y doblar la cabeza cada vez más abajo contra su pecho. Luego alzó la cabeza con orgullo y tendió una mano a

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