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El diario de Lucy Westenra

—«No», dijo, «exactamente no me dedico al negocio, pero he hecho de varios mis mascotas». Y dicho esto, se quita el sombrero tan educadamente como un lord y se aleja. El viejo Bersicker no dejaba de mirarlo hasta que estuvo fuera de vista, y luego se fue a echar a un rincón y no quiso salir en toda la tarde. Bien, anoche, tan pronto como salió la luna, los lobos empezaron a aullar. No había nada por lo que aullar. No había nadie cerca, excepto alguien que al parecer llamaba a un perro en algún lugar de la parte trasera de los jardines, en Park Road. Una o dos veces salí a ver que todo estuviera en orden, y así era, y entonces cesó el aullido. Justo antes de las doce, eché un vistazo antes de acostarme y, ¡caramba!, al ponerme frente a la jaula del viejo Bersicker, vi los barrotes rotos y retorcidos, y la jaula vacía. Y eso es todo lo que sé a ciencia cierta. —¿Vio alguien más algo? —Uno de nuestros jardineros venía a casa a esa hora de una fiesta musical, cuando ve a un perro grande y gris salir por los setos del jardín. Al menos eso dice, pero yo no le doy muchacredibilidad, porque si lo vio, nunca le dijo ni una palabra a su señora al llegar a casa, y solo después de que se supiera la fuga del lobo, y de habernos pasado toda la noche buscando a Bersicker por el parque, fue cuando se acordó de haber visto algo. Mi firme creencia es que la música se le había subido a la cabeza. —Ahora bien, señor Bilder, ¿puede explicar de algún modo la fuga del lobo? —Bueno, señor —dijo con una falsa modestia sospechosa—, creo que puedo; pero no sé si usted quedará satisfecho

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