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XIX. Diario de Jonathan Harker

⁠—Anoche dormí, pero no soñé. Debo de haber dormido profundamente, pues no me despertó la llegada de Jonathan a la cama; pero el sueño no me ha refrescado, pues hoy me siento terriblemente débil y desganada. Me pasé todo el día de ayer intentando leer o acostada dando cabezadas. Por la tarde, el señor Renfield preguntó si podía verme. Pobre hombre, fue muy amable y, cuando me fui, me besó la mano y pidió a Dios que me bendijera. De algún modo me conmovió mucho; estoy llorando al pensar en él. Esta es una nueva debilidad de la que debo cuidarme. Jonathan se sentiría desgraciado si supiera que he estado llorando. Él y los demás estuvieron fuera hasta la hora de cenar, y todos entraron cansados. Hice lo que pude para animar un poco el ambiente, y supongo que el esfuerzo me hizo bien, pues olvidé lo cansada que estaba. Después de cenar me mandaron a la cama y todos se fueron a fumar juntos, según dijeron, pero yo sabía que querían contarse mutuamente lo que le había ocurrido a cada uno durante el día; por el tono de Jonathan pude ver que tenía algo importante que comunicar. No tenía tanto sueño como debiera; así que, antes de que se fueran, le pedí al doctor Seward que me diera un pequeño opiáceo de algún tipo, ya que la noche anterior no había dormido bien. Tuvo la amabilidad de prepararme una poción para dormir y me la dio, diciéndome que no me haría ningún daño por ser muy suave.⁠ ⁠… Ya la he tomado y estoy esperando el sueño, que sigue haciéndose el remolón. Espero no haber obrado mal, pues a medida que el sueño empieza a coquetear conmigo, surge un nuevo temor: el de haber sido insensata al privarme así de la capacidad de despertar. Podría llegar a necesitarla. Ahí viene el sueño. Buenas

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