kukri. Hubo una larga pausa. Todos sabíamos que el tiempo durante el cual podía hablar se estaba agotando; pero sentíamos que era inútil decir nada. De repente, se sentó y, al abrir los ojos, dijo dulcemente:— «¿A ninguno de ustedes le apetece una taza de té? ¡Deben de estar todos tan cansados!». Solo podíamos hacerla feliz, así que accedimos. Se apresuró a preparar el té; cuando se hubo marchado, Van Helsing dijo:— «Ya ven, amigos míos. Está cerca de tierra: ha dejado su caja de tierra. Pero aún tiene que pisar tierra. Por la noche puede permanecer oculto en alguna parte; pero si no lo llevan a la orilla, o si el barco no la toca, no puede alcanzar la tierra. En tal caso, si es de noche, puede cambiar de forma y saltar o volar a la orilla, como hizo en Whitby. Pero si llega el día antes de que consiga llegar a la tierra, entonces, a menos que lo lleven, no podrá escapar. Y si lo transportan, los aduaneros pueden descubrir lo que contiene la caja. Así pues, en resumen, si no escapa a la tierra esta noche, o antes del alba, se le habrá perdido todo el día. Es posible que entonces lleguemos a tiempo; pues si no escapa de noche, daremos con él a la luz del día, encajonado y a nuestra merced; porque no osa ser su verdadero yo, despierto y visible, no sea que lo descubran». No había más que decir, así que esperamos con paciencia hasta el amanecer, momento en el que podríamos saber más por la señora Harker. Temprano esta mañana escuchamos, con una ansiedad contenida, su respuesta en trance. La fase hipnótica tardó aún más en llegar que antes; y cuando llegó, el tiempo restante hasta la salida plena del sol era tan corto que empezamos a desesperarnos. Van Helsing pareció volcar toda su alma en el esfuerzo; al fin, en obediencia a su voluntad, ella respondió:— «Todo
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