“Conseguí el destino—por supuesto; y lo conseguí muy pronto. Al parecer, la Compañía había recibido la noticia de que uno de sus capitanes había muerto en una pelea con los nativos. Esta era mi oportunidad, y eso hizo que tuviera aún más deseos de marchar. Fue solo meses y meses después, cuando intenté recuperar lo que quedaba del cadáver, que supe que la disputa original se había originado por un malentendido a propósito de unas gallinas. Sí, dos gallinas negras. Fresleven—así se llamaba el sujeto, un danés—creyó que lo habían estafado de algún modo en el trato, así que bajó a tierra y se puso a apalear al jefe de la aldea con un bastón. Oh, no me sorprendió en lo más mínimo oír esto y que al mismo tiempo me dijeran que Fresleven era la criatura más apacible y tranquila que jamás había andado sobre dos piernas. Sin duda lo era; pero ya llevaba un par de años por allí metido en la noble causa, ya sabe, y probablemente al final sintió la necesidad de afirmar su propia dignidad de algún modo. Por consiguiente, vapuleó al viejo negro sin piedad, mientras una gran multitud de su gente lo contemplaba, estupefacta, hasta que un hombre—me contaron que el hijo del jefe—, desesperado al oír chillar al viejo, le dio un tiento con una lanza al blanco—y por supuesto entró con toda facilidad entre los omóplatos. Luego toda la población huyó a la selva, temiendo que ocurrieran todo tipo de calamidades, mientras que, por otra parte, el vapor que mandaba Fresleven se marchó también en pleno pánico, al mando del maquinista, creo. Después nadie pareció preocuparse mucho por los restos de Fresleven, hasta que llegué yo y ocupé su lugar. Sin embargo, yo no podía dejarlo así; pero cuando al fin se presentó la ocasión de reunirme con mi predecesor, la hierba que le crecía entre las costillas era lo bastante alta como para ocultar sus huesos. Estaban todos allí. Nadie había tocado al ser sobrenatural después de su caída. Y la aldea estaba desierta, las chozas bostezaban negras, pudriéndose, torcidas dentro de los cercados caídos. Una calamidad se había abatido sobre ella, sin duda. La gente había desaparecido. El terror loco los había dispersado, hombres, mujeres y niños, por la espesura, y nunca habían regresado.
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