«No quería más holgazanería en la sombra y me di prisa hacia la estación. Al acercarme a los edificios me encontré con un hombre blanco, de una elegancia tan inesperada en su atuendo que en un primer momento lo tomé por una especie de aparición. Vi un cuello alto almidonado, puños blancos, una chaqueta ligera de alpaca, pantalones níveos, una corbata impecable y botas barnizadas. Sin sombrero. Pelo con raya, cepillado, engominado, bajo una sombrilla forrada de verde sostenida por una gran mano blanca. Era increíble, y llevaba un portaplumas detrás de la oreja».
«Le di la mano a este milagro, y supe que era el contable jefe de la Compañía, y que toda la contabilidad se llevaba en esta estación. Había salido un momento, según dijo, “a tomar el fresco”.
La expresión sonaba maravillosamente extraña, con su sugerencia de apacible vida de escritorio. No les habría mencionado al sujeto en absoluto, de no ser porque fue de sus labios de donde escuché por primera vez el nombre del hombre que está tan indisolublemente unido a los recuerdos de aquella época.
Además, respetaba al tipo. Sí; respetaba sus cuellos, sus puños inmensos, su cabello cepillado. Su aspecto era ciertamente el de un maniquí de peluquería; pero en medio de la gran desmoralización de aquellas tierras, él mantenía las formas. Eso es tener columna vertebral. Sus cuellos almidonados y sus pecheras bien planchadas eran proezas de carácter.
Llevaba fuera cerca de tres años; y, más tarde, no pude evitar preguntarle cómo se las apañaba para lucir semejante ropa blanca. Se sonrojó levemente y dijo con modestia: “Le he estado enseñando a una de las nativas de la estación. Fue difícil. Tenía aversión al trabajo”.
Así pues, aquel hombre había conseguido verdaderamente algo. Y estaba entregado a sus libros, que se hallaban en perfecto estado».