Evité un vasto agujero artificial que alguien había estado cavando en la pendiente, cuyo propósito me resultó imposible adivinar. En cualquier caso, no era una cantera ni un arenal. Era solo un agujero. Quizá estuviera relacionado con el deseo filantrópico de darles algo que hacer a los criminales. No lo sé. Luego casi me caigo en un barranco muy estrecho, que apenas era algo más que una cicatriz en la ladera. Descubrí que allí habían arrojado un montón de tuberías de desagüe importadas para el asentamiento. No había ni una sola que no estuviera rota. Fue una destrucción insensata. Por fin me metí bajo los árboles. Mi propósito era pasear un momento por la sombra; pero no bien hube entrado, me pareció haber entrado en el sombrío círculo de algún Infierno. Los rápidos estaban cerca, y un ruido de torrente ininterrumpido, uniforme y precipitado llenaba la lúgubre quietud del bosquecillo, donde ni un soplo agitaba ni una hoja se movía, con un sonido misterioso —como si el ritmo vertiginoso de la tierra lanzada al espacio se hubiera vuelto audible de repente.
“Black shapes crouched, lay, sat between the trees leaning against the trunks, clinging to the earth, half coming out, half effaced within the dim light, in all the attitudes of pain, abandonment, and despair.
Another mine on the cliff went off, followed by a slight shudder of the soil under my feet. The work was going on. The work! And this was the place where some of the helpers had withdrawn to die.