continente, y por lo general halla que el secreto no merece ser sabido. Los relatos de los marinos poseen una sencillez directa, cuyo significado entero yace dentro de la cáscara de una nuez rota. Pero Marlow no era típico (si se exceptúa su propensión a hurgar historias), y para él el significado de un episodio no estaba dentro como un grano, sino afuera, envolviendo el relato que lo sacaba a la luz solo como un fulgor saca a la luz una neblina, a la manera de esos halos brumosos que a veces se hacen visibles por la iluminación espectral de la luz de la luna.
Su comentario no pareció en absoluto sorprendente. Era muy propio de Marlow. Fue aceptado en silencio. Nadie se tomó la molestia ni de gruñir; y al poco rato dijo, muy despacio: —Estaba pensando en tiempos muy antiguos, cuando los romanos llegaron por primera vez aquí, hace mil novecientos años—el otro día. … La luz ha salido de este río desde entonces—¿dice que los Caballeros? Sí; pero es como un fuego fugaz en una llanura, como un relámpago en las nubes. Vivimos en el parpadeo—¡que dure tanto como la vieja tierra siga girando! Pero la oscuridad estaba aquí ayer.
Imaginaos los sentimientos del comandante de una excelente —¿cómo los llaman?— birreme en el Mediterráneo, al que ordenan de repente marchar hacia el norte; cruzar a toda prisa por tierra el territorio de los galos; ponerlo al mando de una de estas naves que los legionarios —un grupo de hombres verdaderamente mañosos debían de ser también— solían construir, al parecer por centenares, en uno o dos meses, si hemos de creer lo que leemos. Imaginaoslo aquí —en el fin del mundo mismo, un mar del color del plomo, un cielo del color del humo, un tipo de barco poco más rígido que un acordeón— y remontando este río con provisiones, o rdenes, o lo que queráis. Bancos de arena, marismas, bosques, salvajes —escasísima comida apta para un hombre civilizado, nada que beber salvo agua del Támesis. Aquí no hay vino de Falerno, ni excursiones a tierra. De vez en cuando un campamento militar perdido en una naturaleza virgen, como una aguja en un pajar —frío, niebla,