—Una noche, mientras yacía tendido boca arriba en la cubierta de mi vapor, oí voces que se acercaban; y allí estaban el sobrino y el tío paseando por la orilla. Volví a apoyar la cabeza en el brazo y casi me había quedado dormido, cuando alguien dijo junto a mi oreja, por decirlo así:
«Soy tan inofensivo como un niño pequeño, pero no me gusta que me dicten lo que debo hacer. ¿Soy el gerente o no lo soy? A mí se me ordenó enviarlo allí. Es increíble». …
Me percaté de que ambos estaban de pie en la orilla, junto a la proa del vapor, justo debajo de mi cabeza. No me moví; no se me ocurrió moverme: tenía sueño.
«Es desagradable —gruñó el tío—. —Ha pedido a la Administración que lo envíen allí —dijo el otro—, con la idea de demostrar lo que era capaz de hacer, y a mí se me dieron instrucciones en consecuencia. Mira la influencia que debe de tener ese hombre. ¿No es espantoso?».
Los dos coincidieron en que era espantoso, y luego hicieron varios comentarios extraños:
«Hacer la lluvia y el buen tiempo—un solo hombre—el Consejo—de las narices»—fragmentos de frases absurdas que vencieron mi modorra, de modo que estaba casi en plenas facultades cuando el tío dijo: «El clima puede quitarle de en medio esta dificultad. ¿Está solo allí?».
—Sí —respondió el gerente—; envió a su ayudante río abajo con una nota para mí en estos términos: «Lárguese a este pobre diablo del país y