“El viejo médico me tomó el pulso, pensando evidentemente en otra cosa mientras tanto.
«Bueno, bueno para esa», murmuró, y luego con cierta impaciencia me preguntó si le dejaría medir la cabeza.
Bastante sorprendido, dije que sí, momento en el que sacó un aparato parecido a un calibre y tomó las dimensiones de atrás, de adelante y en todas direcciones, tomando notas cuidadosamente. Era un hombrecito sin afeitar con una chaqueta raída como una gabardina, con los pies en pantuflas, y me pareció un tonto inofensivo.
—Siempre pido permiso, por el bien de la ciencia, para medir el cráneo de los que van allá —dijo.
—¿Y cuando vuelven también? —pregunté.
—Ah, a esos nunca los veo —comentó—; y, además, los cambios ocurren por dentro, ya sabe.
Sonrió, como si celebrara una broma íntima.
—Así que usted va allá. Famoso. E interesante también.
Me dirigió una mirada penetrante y anotó otra cosa.
—¿Algún caso de locura en su familia? —preguntó, con tono totalmente natural.
Me sentí muy molesto.