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nydus/Heart of DarknessPublic
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Table of Contents

I

entre la hierba alta, entre la hierba quemada, a través de matorrales, bajando y subiendo por barrancos fríos, arriba y abajo por colinas pedregosas abrasadas por el calor; y una soledad, una soledad, nadie, ni una sola choza. La población se había marchado hacía mucho tiempo. Bueno, si una partida de negros misteriosos armados con toda clase de armas temibles se pusiera de pronto a viajar por la carretera entre Deal y Gravesend, atrapando a los paletos a diestra y siniestra para que les cargasen con pesados bultos, supongo que todas las granjas y casitas de por allí se quedarían vacías muy pronto. Solo que aquí las viviendas también habían desaparecido. Aun así, atravesé varios poblados abandonados. Hay algo patéticamente infantil en las ruinas de las paredes de hierba.

Día tras día, con el ruido sordo y el arrastrar de sesenta pares de pies descalzos detrás de mí, cada par bajo una carga de sesenta libras. Acampar, cocinar, dormir, levantar el campamento, marchar. De vez en cuando un porteador muerto en el arnés, en reposo entre la hierba alta cerca del sendero, con una calabaza de agua vacía y su larga vara tirada a su lado. Un gran silencio alrededor y por encima. Quizás en alguna noche tranquila el temblor de tambores lejanos, decayendo, creciendo, un temblor vasto, tenue; un sonido extraño, suplicante, sugerente y salvaje⁠—y quizás con un significado tan profundo como el sonido de las campanas en un país cristiano.

Una vez un hombre blanco con el uniforme desabrochado, acampado en el sendero con una escolta armada de zandibares enjutos, muy hospitalario y festivo⁠—por no decir borracho. Cuidaba del mantenimiento del camino, declaró. No puedo decir que viera camino ni mantenimiento alguno, a menos que el cadáver de un negro de mediana edad, con un agujero de bala en la frente, con el que tropecé literalmente tres millas más allá, pueda considerarse una mejora permanente.

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