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nydus/Heart of DarknessPublic
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I

Qué fue de las gallinas tampoco lo sé. Supongo que la causa del progreso se las quedó, en cualquier caso. Como fuere, gracias a este glorioso asunto conseguí el destino, antes de haber empezado siquiera a abrigar esperanzas al respecto.

—Volé como un loco para prepararme, y antes de cuarenta y ocho horas cruzaba el Canal para presentarme ante mis patrones y firmar el contrato. En muy pocas horas llegué a una ciudad que siempre me hace pensar en un sepulcro blanqueado. Prejuicio sin duda. No tuve ninguna dificultad en encontrar las oficinas de la Compañía. Era lo más grande del pueblo, y todo el mundo con el que me encontraba hablaba maravillas. Iban a administrar un imperio de ultramar y a ganar un dineral con el comercio.

“Una calle estrecha y desierta en profunda sombra, casas altas, innumerables ventanas con persianas venecianas, un silencio sepulcral, hierba brotando a diestra y siniestra, inmensas puertas dobles abiertas de par en par con pesadez. Me deslicé por una de estas rendijas, subí por una escalera barrida y sin adorno, tan árida como un desierto, y abrí la primera puerta con la que di”.

Dos mujeres, una gorda y la otra delgada, estaban sentadas en sillas deanea, tejiendo lana negra. La delgada se levantó y caminó directamente hacia mí —siguiendo a ciegas con la labor, con los ojos bajos— y justo cuando empecé a pensar en quitarme de su medio, como se haría ante un sonámbulo, se detuvo y alzó la vista. Su vestido era tan soso como la funda de un paraguas, y dio media vuelta sin decir palabra y me precedió en una sala de espera.

Dije mi nombre y miré a mi alrededor. > Mesa de pino en el centro, sillas sencillas alrededor de las paredes, en un extremo un gran mapa brillante, marcado con todos los colores del arco

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