La Nellie, un yate de crucero, oscilaba sobre su ancla sin que vibrara una sola vela, y quedó inmovilizada. La marea había subido, el viento era casi nulo y, como iban río abajo, lo único que quedaba por hacer era detenerse y esperar a que girara la marea.
El tramo marítimo del Támesis se extendía ante nosotros como el comienzo de una vía fluvial interminable. En alta mar, el mar y el cielo se fundían sin una sola junta, y en el espacio luminoso las velas curtidas de las barcazas que remontaban la marea con la corriente parecían inmóviles en racimos rojos de lona de picos agudos, con destellos de botavaras barnizadas.
Una neblina se posaba sobre las orillas bajas que se adentraban en el mar en una planicie desvanecida. El aire era oscuro sobre Gravesend, y más atrás aún parecía condensarse en una lúgubre penumbra, cerniéndose inmóvil sobre la mayor y más grande ciudad de la tierra.
El Director de Compañías era nuestro capitán y nuestro anfitrión. Los cuatro mirábamos con afecto su espalda mientras él estaba de pie en la proa mirando hacia el mar. En todo el río no había nada que pareciera ni la mitad de náutico. Se parecía a un práctico, lo cual para un marino es la personificación misma de la confiabilidad. Resultaba difícil darse cuenta de que su trabajo no estaba allí fuera, en el estuario luminoso, sino a sus espaldas, dentro de la penumbra amenazante.
Entre nosotros existía, como ya he dicho en alguna parte, el vínculo del mar. Además de mantener nuestros corazones unidos a través de largos periodos de separación, tenía el efecto de hacernos tolerantes con las milongas —y hasta con las convicciones— de los demás.