No habría llegado tan lejos como para luchar por Kurtz, pero estuve lo suficientemente cerca de él como para mentir. Sabéis que odio, detesto y no soporto la mentira, no porque sea más íntegro que el resto de los mortales, sino simplemente porque me aterra. Hay una mancha de muerte, un tufo a mortalidad en las mentiras —que es exactamente lo que odio y detesto en el mundo—, lo que quiero olvidar. Me hace desgraciado y me revuelve el estómago, como morder algo podrido. Cuestión de temperamento, supongo. Bien, estuve bastante cerca de incurrir en ella al dejar que aquel joven tonto de allí creyera lo que quisiera imaginar acerca de mi influencia en Europa. Me convertí en un instante en una farsa más como el resto de los peregrinos embrujados. Y todo sencillamente porque tuve la corazonada de que de algún modo eso le sería de ayuda a ese Kurtz a quien en aquel momento no conocía —entiéndanme. Era solo una palabra para mí. No veía al hombre detrás del nombre, ni más ni menos que ustedes. ¿Lo ven? ¿Ven la historia? ¿Ven algo? Me parece que estoy intentando contarles un sueño—, haciendo un vano intento, porque ninguna narración de
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