soldados y oficiales de aduanas. Me puse a observar la costa. Observar una costa mientras se desliza junto al barco es como pensar en un enigma. Ahí la tienes ante ti: sonriente, ceñuda, invitadora, grandiosa, mezquina, insípida o salvaje, y siempre muda, con un aire de susurrar: «Ven y descúbrelo». Esta era casi carente de rasgos, como si aún estuviera en formación, con un aspecto de monotonía implacable. El borde de una selva colosal, de un verde tan oscuro que llegaba a ser casi negro, orlado de espuma blanca, corría recto, como trazado por regla, muy, muy lejos a lo largo de un mar azul cuyo brillo se difuminaba por una bruma rastrera. El sol era feroz, la tierra parecía relucir y destilar vapor. Aquí y allá, motas blancuzcas y grisáceas aparecían apiñadas dentro de la espuma blanca, tal vez con una bandera ondeando sobre ellas. Asentimientos de hacía varios siglos, y aun así no más grandes que cabezas de alfiler en la vasta extensión virgen de su telón de fondo. Seguimos avanzando a duras penas, nos detuvimos, desembarcamos soldados; continuamos, desembarcamos dependientes de aduanas para cobrar tributos en lo que parecía un desierto abandonado de la mano de Dios, con un cobertizo de lata y un asta de bandera perdidos en él; desembarcamos más soldados, para cuidar a los dependientes de aduanas, supuestamente. Algunos, según supe, se ahogaron en la rompiente; pero, lo hicieran o no, a nadie parecía importarle demasiado. Simplemente los arrojaban allí, y seguíamos adelante. Todos los días la costa parecía la misma, como si no nos hubiésemos movido; pero pasábamos por varios lugares —lugares comerciales— con nombres como Grand Bassam, Little Popo; nombres que parecían pertenecer a alguna farsa sórdida representada ante un telón de fondo siniestro. La ociosidad de un pasajero, mi aislamiento entre todos aquellos hombres con los que no tenía ningún punto de contacto, el mar oleoso y lánguido, la sombría uniformidad de la costa, parecían mantenerme alejado de la verdad de las cosas, dentro de las redes de un delirio lúgubre y absurdo. La voz de la rompiente, que se dejaba oír de vez en cuando, constituía un verdadero placer, como las palabras de un hermano. Era algo natural, que tenía su razón de ser, que tenía un
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