algo; de hecho, me estaba sacando la lengua de la boca. Aludía constantemente a Europa, a la gente que se supone yo debía conocer allí; me hacía preguntas capciosas sobre mis conocidos en la ciudad sepulcral, y todo eso. Sus ojitos brillaban como discos de mica —con curiosidad—, aunque intentaba mantener un dejo de altanería. Al principio me sorprendió, pero muy pronto sentí una curiosidad tremenda por ver qué lograría averiguar de mí. No podía imaginar en absoluto qué demonios tenía yo para que le valiera la pena. Era muy divertido ver cómo se frustraba a sí mismo, pues, a decir verdad, mi cuerpo estaba lleno tan solo de escalofríos y en mi cabeza no había nada más que ese maldito asunto del vapor. Era evidente que me tomaba por un embustero de lo más desvergonzado. Al final se enfadó y, para disimular un movimiento de furiosa irritación, bostezó. Me levanté. Entonces advertí un pequeño boceto al óleo, sobre un panel, que representaba a una mujer, con túnica y los ojos vendados, que llevaba una antorcha encendida. El fondo era sombrío, casi negro. El andar de la mujer era majestuoso, y el efecto de la luz de la antorcha sobre el rostro resultaba siniestro.
“Me detuvo, y él se quedó al lado cortésmente, sosteniendo una botella de champaña vacía de media pinta (consuelos médicos) con la vela metida dentro. A mi pregunta, dijo que el señor Kurtz había pintado esto —en esta misma estación, hacía más de un año— mientras esperaba los medios para ir a su puesto comercial. —Dígame, por favor —le dije—, ¿quién es este señor Kurtz?”.
“—El jefe de la Estación del Interior —respondió en tono seco, apartando la vista. —Muy agradecido —dije, riendo—. Y usted es el fabricante de ladrillos de la Estación Central. Todo el mundo lo sabe. Guardó silencio un momento. —Es un prodigio —dijo al fin—. Es un emisario de la piedad, de la ciencia, del progreso y sabe Dios qué más. Necesitamos —empezó a