“Me acerqué dando un paseo. No había prisa. Ya ven, aquello había ardido como una caja de cerillas. Había estado perdido desde el mismo principio. La llama se había elevado con fuerza, había hecho retroceder a todos, lo había iluminado todo y se había venido abajo. El cobertizo ya no era más que un montón de ascuas que brillaban intensamente. Cerca de allí estaban apaleando a un negro. Decían que de algún modo él había provocado el incendio; fuera como fuese, lanzaba unos chillidos horribles. Lo vi, más tarde, durante varios días, sentado en un rincón de sombra, con muy mal aspecto y tratando de reponerse; después se levantó y se marchó, y la naturaleza salvaje, sin emitir un sonido, lo acogió de nuevo en su seno. Al acercarme al resplandor desde la oscuridad, me encontré detrás de dos hombres que hablaban. Oí pronunciar el nombre de Kurtz y luego las palabras: «aprovechar este desafortunado accidente». Uno de los hombres era el director. Le desearé las buenas prácticas. —¿Había visto algo igual, eh? Es increíble —dijo, y se alejó. El otro hombre se quedó. Era un agente de primera clase, joven, de aspecto distinguido, un tanto reservado, con una pequeña barba bífida y la nariz aguileña. Era distante con los demás agentes, y estos, por su parte, decían que era el espía del director para vigilarlos. En cuanto a mí, casi nunca le había dirigido la palabra antes. Nos pusimos a hablar y, al
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