«¿Esa pregunta también es por el interés de la ciencia?». «Sería —dijo, sin hacer caso de mi irritación— interesante para la ciencia observar in situ los cambios mentales de los individuos, pero...». «¿Es usted alienista?», le interrumpí. «Todo médico debería serlo... un poco», contestó aquel original, imperturbable. «Tengo una pequeña teoría que ustedes, los messieurs que van allá, deben ayudarme a probar. Esta es mi parte en las ventajas que mi país cosechará de la posesión de una dependencia tan magnífica. La mera riqueza se la dejo a otros. Perdóneme las preguntas, pero es usted el primer inglés que cae bajo mi
Me apresuré a asegurarle que no tenía nada de típico. «Si lo fuera —le dije—, no estaría hablando así con usted». «Lo que dice es bastante profundo, y probablemente erróneo», comentó con una risa. «Evite la irritación más que la exposición al sol. Adiós. ¿Cómo dicen ustedes los ingleses, eh? Goodbye. Ah! Goodbye. Adieu. En los trópicos hay que mantener la calma ante todo».
… Levantó un dedo índice en señal de advertencia.
… «Du calme, du calme».
Quedaba una cosa más por hacer: despedirme de mi excelente tía. La encontré triunfante. Tomé una taza de té —la última taza de té decente en muchos días— y en una sala que, para mayor sosiego, tenía exactamente el aspecto que cabría esperar del salón de una dama, mantuvimos una larga y tranquila charla junto al fuego. En el transcurso de aquellas confidences quedó bastante claro para mí que me habían presentado ante la esposa del alto dignatario, y sabe Dios ante cuántas personas más, como una criatura excepcional y dotada, como un golpe de suerte para la Compañía, como un hombre que no se encuentra todos los