Todo lo demás en la estación era un desconcierto: cabezas, cosas, edificios. Cadenas de negros polvorientos de pies planos llegaban y se iban; un flujo de mercancías manufacturadas, algodones de mala calidad, cuentas y alambre de latón enviado a las profundidades de las tinieblas, y a cambio llegaba un precioso hilo de marfil.
“Tuve que esperar en la estación diez días; una eternidad. Vivía en una choza en el patio, pero para huir del caos a veces entraba en la oficina del contable. Estaba construida con tablones horizontales, y tan mal ensamblada que, mientras él se inclinaba sobre su alto escritorio, aparecía franjeado desde el cuello hasta los talones con angostas tiras de luz solar. No hacía falta abrir el gran contraviento para ver. Allí también hacía calor; grandes moscas zumbaban endiabladamente, y no picaban, sino que daban estocadas. Yo me sentaba por lo general en el suelo, mientras que, de impecable apariencia (e incluso ligeramente perfumado), posado en un taburete alto, escribía, escribía. A veces se ponía de pie para hacer ejercicio. Cuando metieron allí una cama plegable con un hombre enfermo (algún agente convaleciente del interior), manifestó una suave molestia. «Los gemidos de este enfermo —dijo— distraen mi atención. Y sin eso es sumamente difícil evitar los errores de pluma en este clima»”.
—Un día comentó, sin levantar la cabeza: «En el interior sin duda conocerá al señor Kurtz».
Ante mi pregunta sobre quién era el señor Kurtz, dijo que era un agente de primera clase; y al ver mi decepción ante tal información, añadió lentamente, dejando la pluma: «Es una persona muy notable».
Nuevas preguntas le arrancaron que el señor Kurtz estaba a cargo en ese momento de un puesto comercial, uno muy importante, en el verdadero país del marfil, en «lo más hondo de aquello. ¡Manda tanto marfil como todos los demás juntos…!».
Volvió a escribir. El enfermo estaba demasiado mal para gemir. Las moscas zumbaban en una gran paz.