mirarlo, cuentas de vidrio por valor de un penique el cuarto, malditos pañuelos de algodón con motas. Y ni un remache. Tres porteadores habrían podido traer todo lo necesario para poner a flote aquel vapor.
Ahora se estaba poniendo comunicativo, pero supongo que mi actitud distante debió de exasperarle al fin, pues consideró necesario informarme de que no temía ni a Dios ni al diablo, y mucho menos a un simple mortal. Le dije que eso se veía muy bien, pero que lo que yo necesitaba era una cierta cantidad de remaches, y remaches era lo que realmente necesitaba el señor Kurtz, si tan solo lo hubiera sabido. Por entonces salían cartas hacia la costa todas las semanas... —¡Querido señor —exclamó—, yo escribo al dictado! Yo exigía remaches. Había un modo... para un hombre inteligente.
Cambió de modales; se volvió muy frío y de pronto se puso a hablar de un hipopótamo; se preguntó si durmiendo a bordo del vapor (yo me aferré a mi rescate noche y día) no me sentiría molesto. Había un viejo hipopótamo que tenía la mala costumbre de salir a la orilla y merodear por la noche por los terrenos de la estación. Los peregrinos solían salir en masa y vaciarle encima cada