“Había renunciado a preocuparme por los remaches. La capacidad de uno para esa clase de tontería es más limitada de lo que uno supondría. Dije ¡al diablo! y dejé que las cosas rodaran. Tenía tiempo de sobra para la meditación y de vez en cuando le dedicaba algún pensamiento a Kurtz. No me interesaba mucho. No. Aun así, tenía curiosidad por ver si este hombre, que había venido equipado con ideas morales de algún tipo, llegaría a la cima después de todo y cómo se pondría manos a la obra una vez allí”.
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