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nydus/Heart of DarknessPublic
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Table of Contents

I

De pronto sobrevino un cambio en las aguas, y la serenidad se volvió menos brillante pero más profunda.

El viejo río, en su amplio curso, descansaba tranquilo al caer la tarde, tras eones de fiel servicio prestado a la raza que poblaba sus riberas, extendido con la serena dignidad de una vía fluvial que conduce a los confines de la tierra.

Miramos el venerable caudal no bajo el vivo fulgor de un día efímero que surge y se marcha para siempre, sino a la luz augusta de los recuerdos perdurables.

Y, en verdad, nada le resulta más fácil a un hombre que ha, según la frase hecha, «seguido al mar» con reverencia y afecto, que evocar el gran espíritu del pasado en los tramos bajos del Támesis.

La corriente de la marea fluye de ida y vuelta en su incesante servicio, abarrotada de recuerdos de hombres y barcos que había llevado hacia el descanso del hogar o hacia las batallas del mar. Había conocido y servido a todos los hombres de los que la nación está orgullosa, desde sir Francis Drake hasta sir John Franklin, todos caballeros, con título o sin él: los grandes caballeros andantes del mar.

Había llevado en su seno a todos los barcos cuyos nombres relucen como joyas en la noche de los tiempos, desde la Golden Hind, que regresaba con sus flancos redondos repletos de tesoros para ser visitada por Su Alteza la Reina y pasar así al gigantesco relato, hasta el Erebus y el Terror, rumbos a otras conquistas, y que jamás regresaron. Había conocido a los barcos y a los hombres. Habían zarpado de Deptford, de Greenwich, de Erith —los aventureros y los colonos; los barcos de los reyes y los barcos de los hombres de la Bolsa—, capitanes, almirantes, los oscuros «intrusos» del comercio oriental y los «generales» comisionados de las flotas de las Indias Orientales.

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