poco rato, nos alejamientos de las ruinas que aún chisporroteaban. Entonces me invitó a su habitación, situada en el edificio principal de la estación. Encendió una cerilla y me di cuenta de que aquel joven aristócrata no solo tenía un neceser con guarnición de plata, sino también una vela entera para él solito. En aquella época, el director era el único supuesto con derecho a velas. Unas esteras nativas cubrían las paredes de arcilla; una colección de lanzas, asagais, escudos y cuchillos colgaba en forma de trofeos. El negocio encomendado a este tipo era la fabricación de ladrillos —según me habían informado—, pero en toda la estación no había ni un solo fragmento de ladrillo, y él llevaba allí más de un año esperando. Al parecer, no podía fabricar ladrillos sin algo, no sé qué, paja tal vez. De todos modos, aquello no se encontraba allí y, como era poco probable que lo mandasen desde Europa, no me quedaba muy claro qué era lo que estaba esperando. Un acto de creación divina, quizás. Con todo, todos estaban esperando —los dieciséis o veinte peregrinos que eran— a algo; y, a decir verdad, no parecía una ocupación desagradable por cómo se lo tomaban, aunque lo único que les llegaba —por lo que yo alcanzaba a ver— era la enfermedad. Mataban el tiempo difamándose y maquinando los unos contra los otros de un modo absurdo. Se respiraba un aire de conspiración en aquella estación, pero de aquello no salía nada, por supuesto. Era tan irreal como todo lo demás —como la pretensión filantrópica de toda la empresa, como sus charlas, como su gobierno, como su fachada de trabajo—. El único sentimiento real era el deseo de conseguir un destino en un puesto comercial donde hubiera marfil, para poder así ganar comisiones. Solo por eso maquinaban, calumniaban y se aborrecían mutuamente, pero en cuanto a mover un dedo de verdad —oh, no—. ¡Por el cielo! Al fin y al cabo, hay algo en este mundo que permite a un hombre robar un caballo mientras a otro no se le permite ni mirar una soga. Robar un caballo a cara descubierta. Muy bien. Lo ha hecho. Quizás sepa montar. Pero hay una manera de mirar una soga que incitaría a dar una coz al más caritativo de los santos.
«No tenía la menor idea de por qué quería ser sociable, pero mientras charlábamos allí, de repente se me ocurrió que el tipo intentaba averiguar