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LXXXVII

La Gran Armada

La larga y estrecha península de Malaca, que se extiende hacia el sureste desde los territorios de Birmania, forma el punto más meridional de toda Asia. En línea continua desde dicha península se extienden las largas islas de Sumatra, Java, Bali y Timor; las cuales, junto con muchas otras, forman un vasto muelle, o baluarte, que conecta longitudinalmente a Asia con Australia, y divide el largo e ininterrumpido océano Índico de los archipiélagos orientales densamente salpicados.

Este baluarte está atravesado por varias puertas de salida para la conveniencia de los barcos y las ballenas; entre las cuales destacan los estrechos de Sonda y Malaca. Por el estrecho de Sonda, principalmente, los buques con destino a China procedentes de occidente emergen hacia los mares de China.

Aquellos estrechos pasos de la Sonda separan Sumatra de Java; y al erigirse a mitad de camino en ese vasto baluarte de islas, apuntalado por ese osado promontorio verde, conocido por los marinos como Java Head; se corresponden no poco con la puerta central que se abre hacia algún vasto imperio amurallado; y considerando la inagotable riqueza de especias, y sedas, y joyas, y oro, y marfil, con la que las mil islas de ese mar oriental están enriquecidas, parece una significativa disposición de la naturaleza que tales tesoros, por la propia formación de la tierra, lleven al menos la apariencia, por ineficaz que sea, de estar protegidos del mundo occidental que todo lo acapara.

Las costas del estrecho de la Sonda carecen de esas fortalezas dominantes que custodian las entradas al Mediterráneo, al Báltico y a la Propóntide.

A diferencia de los daneses, estos orientales no exigen el obsequioso homenaje de las velas bajadas a la interminable procesión de barcos con viento en popa que, desde hace siglos, de noche y de día, han pasado entre las islas de Sumatra y Java, cargados con los más costosos cargamentos de Oriente.

Pero si bien renuncian libremente a una ceremonia como esta, de ningún modo renuncian a su derecho a un tributo más sólido.

Desde tiempos inmemoriales, las proas piratas de los malayos, al acecho entre las calas de baja vegetación y los islotes de Sumatra, se han lanzado contra los barcos que navegan por el estrecho, exigiendo ferozmente tributo a punta de lanza.

Aunque debido a los repetidos y sangrientos castigos que han recibido a manos de los cruceros europeos, la audacia de estos corsarios se ha visto últimamente algo reprimida; aun así, hoy en día todavía se oye ocasionalmente de barcos ingleses y estadounidenses que, en esas aguas, han sido implacablemente abordados y pillados.

Con un viento favorable y fresco, el Pequod se acercaba ahora a estos estrechos; con el propósito Ahab de atravesarlos rumbo al mar de Java y desde allí, navegando hacia el norte, por aguas conocidas por ser frecuentadas aquí y allá por el cachalote, barrer la costa cerca de las islas Filipinas y alcanzar la lejana costa de Japón a tiempo para la gran temporada ballenera en aquel lugar.

Por estos medios, el circunnavegante Pequod recorrería casi todas las zonas de caza de cachalotes conocidas del mundo, antes de descender hacia la Línea en el Pacífico; donde Ahab, aunque en todas partes hubiera fracasado en su persecución, contaba firmemente con presentar batalla a Moby Dick en el mar que con más frecuencia se sabía que este habitaba; y en una estación en la que cabía suponer con mayor razón que rondaba por allí.

¿Pero cómo ahora? En esta búsqueda delimitada, ¿Ahab no toca tierra?, ¿su tripulación bebe aire? Seguramente se detendrá por agua. No.

Desde hace ya mucho tiempo, el sol que corre en su circo ha corrido dentro de su anillo de fuego, y no necesita más sustento que el que hay en sí mismo. Así Ahab. Observa también esto en el ballenero.

Mientras otros cascos van cargados con cosas ajenas, destinadas a ser transferidas a muelles extranjeros; el buque ballenero, vagabundo del mundo, no lleva más carga que a sí mismo y a su tripulación, sus armas y sus necesidades. Lleva el contenido de un lago entero embotellado en su amplia bodega. Está lastrado con utilidades; no del todo con lingotes de arrabio y contrapresos inservibles.

Lleva en su interior agua de años. Clara agua vieja de primera de Nantucket; que, tras tres años a flote, el de Nantucket, en el Pacífico, prefiere beber antes que el líquido salobre, apenas ayer bajado en barricas desde los arroyos peruanos o indios, flotando en almadías.

De ahí que, mientras otros barcos pueden haber ido a China desde Nueva York y de vuelta, tocando en una veintena de puertos, el ballenero, en todo ese intervalo, tal vez no haya divisado ni un grano de suelo; sin que su tripulación haya visto a otro hombre que no sean marinos flotantes como ellos mismos.

De modo que si les llevases la noticia de que otro diluvio ha llegado; ellos solo responderían: «¡Bien, muchachos, aquí está el arca!».

Ahora bien, como muchos cachalotes habían sido capturados frente a la costa occidental de Java, en las inmediaciones del estrecho de la Sunda; en realidad, como la mayor parte de la zona circundante era considerada por los pescadores como un excelente lugar para la navegación de crucero; por lo tanto, a medida que el Pequod se acercaba más y más a Java Head, los vigías fueron llamados repetidamente y amonestados para que mantuvieran los ojos bien abiertos.

Pero aunque los verdes acantilados cubiertos de palmeras de la tierra no tardaron en distinguirse por la amura de estribor, y con fosas nasales deleitadas se respiró en el aire la fresca canela, no se divisó ni un solo soplo. Casi renunciando a toda esperanza de tropezar con alguna pieza por estos parajes, el buque estaba a punto de entrar en el estrecho, cuando se oyó desde lo alto el acostumbrado grito de júbilo y, al poco tiempo, un espectáculo de singular magnificencia nos saludó.

Pero aquí debe advertirse que, debido a la infatigable actividad con que últimamente se los ha perseguido por los cuatro océanos, los cachalotes, en vez de navegar casi invariablemente en pequeños grupos aislados como en tiempos pasados, se encuentran ahora con frecuencia en extensas manadas, que a veces abarcan una multitud tan grande que casi parecería como si numerosas naciones de ellos hubieran jurado solemne liga y pacto para su mutua ayuda y protección.

A esta agregación del cachalote en caravanas tan inmensas puede atribuirse la circunstancia de que, incluso en las mejores zonas de caza, se pueda ahora navegar a veces durante semanas y meses seguidos sin ser saludado por un solo sopo; y luego verse repentinamente saludado por lo que a veces parecen miles y miles.

Abierta sobre ambas amuras, a la distancia de unas dos o tres millas, y formando un gran semicírculo que abarcaba la mitad del horizonte plano, una cadena continua de surtidores de ballena jugaba y brillaba en el aire del mediodía.

A diferencia de los rectos y perpendiculares surtidores gemelos de la ballena franca, que, dividiéndose en la cúspide, caen en dos ramas, como las ramas hendidas y colgantes de un sauce, el único soplo inclinado hacia adelante del cachalote presenta un espeso y rizado arbusto de neblina blanca que se eleva y desvanece continuamente a sotavento.

Visto desde la cubierta del Pequod, pues, al alzarse la nave sobre una alta colina del mar, este ejército de surtidores de vapor, que se enrollaban individualmente en el aire y se contemplaban a través de una atmósfera mezclada de neblina azulada, parecía las mil alegres chimeneas de alguna metrópolis populosa, divisadas en una templada mañana otoñal por algún jinete en una altura.

Como ejércitos en marcha que se aproximan a un desfiladero hostil en las montañas, aceleran su marcha, con el anhelo de dejar atrás ese paso peligroso y extenderse una vez más con relativa seguridad sobre la llanura; así pareció también apresurarse ahora esta vasta flota de ballenas a través de los estrechos; contrayendo gradualmente las alas de su semicírculo y nadando hacia adelante en un centro compacto, pero aún en forma de media luna.

Con todo el velamen desplegado, el Pequod corrió tras ellos; los arponeros empuñaban sus armas y vitoreaban ruidosamente desde proa de sus botes aún suspendidos.

Si el viento tan solo aguantaba, pocas dudas les cabían de que, una vez perseguida a través de estos estrechos de la Sonda, la inmensa hueste no haría sino desplegarse en los mares orientales para presenciar la captura de no pocos de los suyos.

¡Y quién podía decir si, en aquella caravana congregada, el propio Moby Dick no estaría nadando temporalmente, como el venerado elefante blanco en la procesión de coronación del rey de Siam!

Así, con rastreras sobre rastreras amontonadas, navegamos impelidos, arreando ante nosotros a aquellos leviatanes; cuando, de repente, se oyó la voz de Tashtego, que señalaba a voces algo en nuestra estela.

Correspondiendo al creciente de nuestra proa, divisamos otro en la popa. Parecía formado por vapores blancos y separados, que subían y bajaban algo así como los surtidores de las ballenas; solo que no aparecían y desaparecían por completo, pues se mantenían flotando constantemente, sin llegar a desvanecerse. Apuntando su catalejo hacia aquella visión, Ahab giró rápidamente en su agujero de pivote, gritando: «¡Allá arriba, a preparar aparejos y cubos para mojar las velas!; ¡malayos, señor, y vienen tras nosotros!».

Como si hubieran estado demasiado tiempo acechando tras los promontorios, hasta que el Pequod hubo entrado de lleno en los estrechos, aquellos pícaros asiáticos venían ahora en su ardiente persecución, para compensar su tardanza hiperprudente. Pero cuando el veloz Pequod, con un viento fresco y favorable, se lanzó él mismo a una ardiente persecución; qué muy amables por parte de aquellos filántropos atezados al ayudar a apresurarla en su propia empresa elegida —fustas y espuelas para ella, eso es lo que eran—. Mientras, con el catalejo bajo el brazo, Ahab paseaba de un lado a otro de la cubierta; contemplando en su giro hacia proa a los monstruos que perseguía, y en el de popa a los sanguinarios piratas que lo perseguían a él; alguna fantasía semejante a la anterior parecía ser la suya. Y cuando echó una ojeada a las verdes paredes del desfiladero acuático por el que navegaba entonces el barco, y pensó que a través de aquella puerta se hallaba la ruta hacia su venganza, y advirtió cómo a través de esa misma puerta iba ahora persiguiendo y siendo perseguido hacia su final mortal; y no solo eso, sino que una manada de piratas salvajes e implacables y de diablos ateos e inhumanos lo alentaba infernalmente con sus maldiciones; cuando todas estas ocurrencias hubieron cruzado por su cerebro, la frente de Ahab quedó demacrada y surcada, como la playa de arena negra después de que alguna marea tempestuosa la haya estado royendo, sin lograr arrancar de su sitio a la cosa firme.

Pero pensamientos como estos turbaban a muy pocos de aquella temeraria tripulación; y cuando, tras ir dejando constante y constantemente atrás a los piratas, el Pequod surcó por fin la vívida y verde Punta Cacatúa, en la costa de Sumatra, emergiendo por fin a las anchas aguas del otro lado; entonces, los arponeros parecían acongojarse más de que las veloces ballenas le hubieran estado ganando terreno al barco, que regocijarse de que el barco le hubiera ganado tan victoriosamente terreno a los malayos. Pero, prosiguiendo la marcha tras la estela de los ballenas, a la postre parecieron mermar su velocidad; poco a poco el barco se les fue acercando; y amainando ya el viento, se dio la orden de saltar a los botes. Mas no bien la manada, por algún supuesto y maravilloso instinto del cachalote, tuvo noticia de las tres quillas que iban tras ella —aunque todavía a una milla de distancia en su zaga—, cuando volvió a reagruparse y, formándose en apretadas filas y batallones, de modo que todos sus surtidores parecían líneas destellantes de bayonetas apiladas, avanzó con velocidad redoblada.

Reducidos a nuestras camisas y calzoncillos, saltamos a los botes de fresno blanco, y después de remar durante varias horas estuvimos a punto de renunciar a la persecución, cuando una conmoción general y repentina entre las ballenas dio la animada señal de que al fin se hallaban bajo el influjo de esa extraña perplejidad de inerte indecisión que, cuando los pescadores la observan en la ballena, dicen que está gallied [aturdida].

Las compactas y marciales columnas en las que hasta entonces habían estado nadando rápida y firmemente, se desbandaron ahora en una derrota sin medida; y como los elefantes del rey Poro en la batalla india contra Alejandro, parecían volverse locas de consternación. Extendiéndose en todas direcciones en vastos círculos irregulares, y nadando sin rumbo de aquí para allá, con sus cortos y espesos soplos delataban claramente su pánico desorientado.

Esto se manifestaba aún más extrañamente en aquellos ejemplares que, como completamente paralizados, flotaban sin remedio en el mar a la deriva, cual barcos anegados y desmantelados. De haber sido estos leviatanes un simple rebaño de ovejas, perseguidas por los prados por tres feroces lobos, no habrían podido mostrar un desmayo tan excesivo.

Pero esta timidez ocasional es característica de casi todas las criaturas gregarias. Aunque se agrupen por decenas de miles, los búfalos de crines de león del Oeste han huido ante un jinete solitario. Véase también, en todos los seres humanos, cómo al agruperse en el redil de la platea de un teatro, ante la más mínima alarma de fuego, corren despavoridos hacia las salidas, amontonándose, atropellándose, atascándose y arrojándose sin piedad los unos a los otros hacia la muerte.

Es mejor, por lo tanto, abstenerse de cualquier asombro ante las ballenas extrañamente aturdidas que tenemos delante, pues no hay insensatez en lasbestias de la tierra que no sea infinitamente superada por la locura de los hombres.

Aunque muchas de las ballenas, como se ha dicho, se agitaban violentamente, debe observarse que, en su conjunto, la manada ni avanzaba ni retrocedía, sino que permanecía colectivamente en un mismo lugar.

Como es costumbre en tales casos, los botes se separaron al instante, dirigiéndose cada uno hacia alguna ballena solitaria en las afueras del banco. En unos tres minutos, el arpón de Queequeg fue lanzado; el animal herido arrojó una estela cegadora de espuma a nuestros rostros y, huyendo con nosotros a la velocidad de la luz, se dirigió directo hacia el corazón de la manada.

Aunque un movimiento semejante por parte de una ballena atacada en tales circunstancias no carece en absoluto de precedentes, y de hecho casi siempre se prevé en mayor o menor medida, presenta sin embargo una de las más peligrosas vicisitudes de la pesca. Pues a medida que el veloz monstruo los arrastra cada vez más adentró en el frenético banco, uno se despide de la vida prudente y solo existe en un latido delirante.

Mientras, ciego y sordo, la ballena se precipitaba hacia adelante, como si mediante la pura fuerza de la velocidad quisiera librarse de la sanguijuela de hierro que se le había adherido; mientras abríamos así una brecha blanca en el mar, amenazados por todos lados en nuestra huida por las criaturas enloquecidas que corrían de un lado a otro a nuestro alrededor; nuestra acosada embarcación era como un barco acosado por los hielos flotantes en una tempestad, que se esfuerza por abrirse paso entre sus intrincados canales y estrechos, sin saber en qué momento puede quedar atrapado y aplastado.

Pero ni un ápice acobardado, Queequeg nos condujo con valentía; ora apartándose de un viraje de este monstruo directamente en nuestra ruta por delante; ora alejándose de aquel, cuyas colosales aletas caudales pendían sobre nuestras cabezas, mientras todo el tiempo Starbuck permanecía en pie en la proa, lanza en mano, apartando de nuestro camino a cuantos ballenas pudiera alcanzar con breves estocadas, pues no había tiempo para dar las largas.

Tampoco los remeros estaban del todo ociosos, aunque de su tarea habitual se prescindía ahora por completo. Se dedicaban principalmente a la parte gritona del asunto.

«¡Quítate del medio, Comodoro!», gritó uno a un gran dromedario que de repente emergió por completo a la superficie y por un instante amenazó con zozobrar la embarcación.

«¡Abajo esa cola, zopenco!», gritó un segundo a otro que, muy cerca de nuestra borda, parecía refrescarse calmosamente con su propia extremidad en forma de abanico.

All whaleboats carry certain curious contrivances, originally invented by the Nantucket Indians, called druggs.

Two thick squares of wood of equal size are stoutly clenched together, so that they cross each other’s grain at right angles; a line of considerable length is then attached to the middle of this block, and the other end of the line being looped, it can in a moment be fastened to a harpoon.

It is chiefly among gallied whales that this drugg is used. For then, more whales are close round you than you can possibly chase at one time. But sperm whales are not every day encountered; while you may, then, you must kill all you can. And if you cannot kill them all at once, you must wing them, so that they can be afterwards killed at your leisure. Hence it is, that at times like these the drugg comes into requisition.

Our boat was furnished with three of them. The first and second were successfully darted, and we saw the whales staggeringly running off, fettered by the enormous sidelong resistance of the towing drugg. They were cramped like malefactors with the chain and ball.

But upon flinging the third, in the act of tossing overboard the clumsy wooden block, it caught under one of the seats of the boat, and in an instant tore it out and carried it away, dropping the oarsman in the boat’s bottom as the seat slid from under him. On both sides the sea came in at the wounded planks, but we stuffed two or three drawers and shirts in, and so stopped the leaks for the time.

Había sido casi imposible disparar estos arpones envenenados, de no ser porque, a medida que avanzábamos hacia el interior de la manada, la marcha de nuestra ballena disminuyó considerablemente; además, porque a medida que nos alejábamos más y más de la circunferencia de la conmoción, los direchundos desórdenes parecían ir menguando.

De modo que cuando al fin el arponazo a tirones se desprendió y la ballena remolcada desapareció de lado; entonces, con la fuerza decreciente de su ímpetu final, nos deslizamos entre dos ballenas hacia el corazón más recóndito del banco, como si desde algún torrente de montaña nos hubiéramos deslizado hasta el sereno lago de un valle.

Aquí las tormentas en los rugientes desfiladeros entre las ballenas más exteriores se oían, pero no se sentían. En esta extensión central el mar presentaba esa superficie lisa y satinada, llamada tersura, producida por la sutil humedad que exhala la ballena en sus momentos de mayor tranquilidad.

Sí, nos hallábamos ahora en esa calma encantada que, según dicen, se agazapa en el centro de toda conmoción. Y todavía divisábamos a lo lejos, en la distraída distancia, los tumultos de los círculos concéntricos exteriores, y veíamos sucesivos grupos de ballenas, de ocho o diez en cada uno, dando vueltas y vueltas velozmente, como yuntas de caballos multiplicadas en un redondel; y tan apretadas hombro con hombro, que un titánico jinete de circo habría podido saltar fácilmente por encima de las del centro, y dar así la vuelta sobre sus lomos.

Debido a la densidad de la multitud de ballenas en reposo que rodeaba más directamente el eje abrigado de la manada, en ese momento no se nos ofrecía ninguna posibilidad de escape. Debíamos aguardar una brecha en el muro viviente que nos cercaba; el muro que solo nos había dejado entrar para encerrarnos.

Permaneciendo en el centro del lago, éramos visitados de vez en cuando por pequeñas y mansas ballenas hembras y crías; las mujeres y los niños de este ejército en desbandada.

Ahora bien, incluyendo los ocasionales y amplios intervalos entre los círculos exteriores en rotación, y los espacios entre los diversos grupos en cualquiera de esos círculos, toda el área en este momento, abarcada por la multitud entera, debía de contener al menos dos o tres millas cuadradas. Sea como fuere —aunque en verdad tal prueba en semejante momento pudiera ser engañosa—, desde nuestra baja embarcación se podían divisar surtidores que parecía que brotaban casi desde el confín del horizonte. Menciono esta circunstancia porque, como si las ballenas hembras y sus crías hubiesen sido encerradas a propósito en este redil más recóndito; y como si la vasta extensión de la manada les hubiera impedido hasta entonces conocer la causa precisa de su detención; o, posiblemente, por ser tan jóvenes, ingenuas y, en todos sentidos, inocentes e inexperimentadas; fuere como fuere, estas ballenas más pequeñas —que de vez en cuando visitaban nuestra embarcación sumida en la calma desde el margen del lago— demostraron una intrepidez y una confianza maravillosas, o bien un pánico igualmente hechizado ante el cual era imposible dejar de asombrarse. Como perros domésticos vinieron a olfatear a nuestro alrededor, justo hasta las bordas, y a tocarlas; hasta que casi pareció que algún sortilegio las había domesticado de repente. Queequeg les acariciaba la frente; Starbuck les rascaba el lomo con su arpón; pero, temeroso de las consecuencias, por el momento se abstuvo de arrojarlo.

Pero muy por debajo de este maravilloso mundo de la superficie, otro mundo aún más extraño salió a nuestro encuentro al asomarnos por la borda. Pues, suspendidas en aquellas bóvedas acuáticas, flotaban las formas de las madres nodrizas de las ballenas, y las de aquellas que, por su enorme corpulencia, parecían estar a punto de serlo. El lago, como ya he insinuado, era sumamente transparente hasta una profundidad considerable; y así como los bebé humanos, mientras maman, apartan la mirada del pecho con calma y fijeza, como si llevaran dos vidas distintas al mismo tiempo; y aun mientras extraen el alimento mortal, siguen banqueteándose espiritualmente con alguna reminiscencia ultraterrena;⁠—del mismo modo parecían mirar hacia arriba los ballenatos hacia nosotros, pero no a nosotros, como si a los ojos de su recién nacido no fuéramos más que un jirón de sargazo. Flotando de costado, las madres también parecían observarnos tranquilamente. Una de estas pequeñas crías, que por ciertos indicios singulares apenas parecía tener un día de vida, debía de medir unos catorce pies de largo y unos seis de circunferencia. Estaba un poco juguetón; aunque su cuerpo aún no parecía haberse recuperado del todo de esa incómoda postura que hacía tan poco había ocupado en el retículo materno; donde, de la cola a la cabeza, y listo para el salto definitivo, el ballenato yace doblado como el arco de un tártaro. Las delicadas aletas laterales y las palmas de su cola conservaban aún fresca la apariencia arrugada y replegada de las orejas de un recién nacido llegado de tierras lejanas.

—¡Línea! ¡línea! —gritó Queequeg, asomándose por la borda—; ¡él sujeto! ¡él sujeto!⁠—¿Quién línea él? ¿Quién golpeó?⁠—¡Dos ballena; una grande, otra pequeña!

—¿Qué te aflige, hombre? —exclamó Starbuck.

—Mire usted por dónde —dijo Queequeg, señalando hacia abajo.

Como cuando la ballena herida, que desde la barca ha desenrollado cientos de brazas de cabo; como tras una inmersión profunda, vuelve a flote y muestra la línea floja y rizada que asciende boyante y en espiral hacia el aire, así vio entonces Starbuck largos rollos del cordón umbilical de Madame Leviatán, por el cual el joven ballenato parecía aún atado a su madre.

No pocas veces, en las rápidas vicisitudes de la persecución, esta línea natural, con el extremo materno suelto, se enreda con el cabo de cáñamo, quedando así el ballenato atrapado.

Algunos de los más sutiles secretos de los mares parecieron revelarse ante nosotros en este estanque encantado. Vimos los amores de los jóvenes leviatanes en las profundidades.

Y así, aunque rodeadas por círculo tras círculo de consternaciones y espantos, estas criaturas inescrutables en el centro se entregaban libre y audazmente a todas las ocupaciones pacíficas; sí, se regocijaban serenamente en el coqueteo y el deleite.

Mas aun así, en medio del Atlántico azotado por tornados de mi ser, yo mismo aún para siempre me recreo centralmente en muda calma; y mientras planetas corpulentos de dolor menguante me giran alrededor, muy en lo profundo y muy tierra adentro, allí todavía me baño en la eterna molicie de la alegría.

Mientras tanto, mientras yacíamos así embelesados, los ocasionales y repentinos espectáculos frenéticos en la distancia evidenciaban la actividad de los otros botes, todavía ocupados en drogar a las ballenas en la frontera de la hueste; o posiblemente librando la guerra dentro del primer círculo, donde se les ofrecía abundancia de espacio y algunos refugios convenientes.

Pero la visión de las enfurecidas ballenas drogadas lanzándose ahora y entonces ciegas de un lado a otro a través de los círculos, no era nada comparado con lo que al fin salió a nuestro encuentro.

A veces es costumbre, cuando se está sujeto a una ballena más poderosa y alerta de lo común, buscar como quien dice desjarretarla, cortando o mutilando su gigantesco tendón de la cola. Esto se hace arrojando una espada cortante de mango corto, a la cual va atada una cuerda para retirarla de nuevo.

Una ballena herida (como supimos después) en esta parte, pero no con eficacia, al parecer, se había escapado del bote, llevándose consigo la mitad de la línea del arpón; y en la extraordinaria agonía de la herida, se lanzaba ahora a toda carrera entre los círculos giratorios como el solitario forajido montado Arnold, en la batalla de Saratoga, sembrando la consternación por dondequiera que iba.

Pero por muy agonizante que fuera la herida de esta ballena, y un espectáculo de por sí bastante espantoso, sin embargo, el horror peculiar con el que parecía inspirar al resto de la manada se debía a una causa que al principio la distancia intermedia nos ocultaba.

Pero al fin percibimos que, por uno de los accidentes inimaginables de la pesca, esta ballena se había enredado en la línea del arpón que remolcaba; también se había escapado con la espada de desollo clavada en su interior; y mientras el extremo libre de la cuerda unida a esa arma se había atrapado permanentemente en los senos de la línea del arpón alrededor de su cola, la espada de desollo en sí se había soltado de su carne.

De modo que, atormentada hasta la locura, iba ahora agitando el agua, golpeando violentamente con su cola flexible y lanzando la afilada espada a su alrededor, hiriendo y masacrando a sus propios compañeros.

Este formidable objeto pareció arrancar a toda la manada de su pavor inmóvil.

Primero, las ballenas que formaban el margen de nuestro lago empezaron a agolparse un poco y a tropezar unas con otras, como si fueran levantadas por olas moribundas desde lejos; luego, el lago mismo comenzó tenuemente a alzarse y hincharse; las cámaras nupciales y guarderías submarinas se desvanecieron; en órbitas cada vez más estrechas, las ballenas de los círculos más centrales empezaron a nadar en cúmulos más espesos.

Sí, la larga calma se marchaba. Pronto se oyó un zumbido bajo y cercano; y entonces, como las tumultuosas masas de hielo a la deriva cuando el gran río Hudson se descongela en primavera, toda la hueste de ballenas se precipitó hacia su centro interior, como para amontonarse en una sola montaña común.

Al instante, Starbuck y Queequeg intercambiaron sus puestos; Starbuck tomó la popa.

“¡Remos! ¡Remos!” susurró intensamente, aferrando el timón⁠—, ¡empuñen los remos y agárrense a sus almas, ahora! ¡Por Dios, muchachos, atentos! ¡Despegalo, tú, Queequeg⁠—la ballena ahí!⁠—¡pínchala!⁠—¡golpéala! ¡Ponte de pie⁠—ponte de pie, y mantente así! ¡Abran paso, muchachos⁠—remojen, muchachos; no importan sus espaldas⁠—rápenlas!⁠—¡sigan raspando!”

El bote estaba ahora casi aprisionado entre dos vastas moles negras, dejando unos estrechos Dardanelos entre sus largas panzas. Pero mediante un esfuerzo desesperado logramos por fin deslizarnos hacia una abertura temporal; remando luego con fuerza y vigilando al mismo tiempo con ansiedad otra vía de escape.

Tras muchos escapes apurados semejantes, nos deslizamos por fin con rapidez hacia lo que poco antes había sido uno de los círculos exteriores, pero que ahora estaba atravesado por ballenas desordenadas, todas dirigiéndose violentamente hacia un solo centro.

Esta afortunada salvación se pagó al bajo precio de perder el sombrero de Queequeg, a quien, mientras estaba de pie en la proa para hostigar a las ballenas fugitivas, el remolino de aire creado por el repentino coletazo de un par de anchas aletas muy cerca le arrebató el sombrero de cuajo.

Por alborotada y desordenada que fuese la conmoción universal en aquel momento, pronto se resolvió en lo que parecía un movimiento sistemático; pues, tras agruparse por fin en un cuerpo denso, reanudaron su huida hacia adelante con mayor velocidad.

Inútil era continuar la persecución; pero los botes aún se detuvieron en su estela para recoger las ballenas drogadas que pudiesen haber quedado a popa, así como para asegurar una que Flask había matado y abanderado.

El abanderado es un asta con banderola, de las cuales cada bote lleva dos o tres; y que, cuando hay más caza a la vista, se clavan en posición vertical en el cuerpo flotante de una ballena muerta, tanto para señalar su ubicación en el mar como para servir de muestra de posesión previa, en caso de que se acerquen los botes de otro buque.

El resultado de esta bajada ilustró en cierta medida aquel sabio refrán de la industria ballenera: a más ballenas, menos peces. De todas las ballenas drogadas, solo una fue capturada. El resto se las arregló para escapar por el momento, pero solo para ser apresadas, como se verá más adelante, por otra embarcación que no fuera el Pequod.

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