Medianoche.—Las bordas del castillo de proa
Stubb y Flask se montaron en ellos, y pasaron amarras adicionales sobre las áncoras que allí colgaban.
—No, Stubb; puedes machacar ese nudo ahí tanto como quieras, pero jamás lograrás hacerme tragar lo que acababas de decir. ¿Y hace cuánto que dijiste exactamente lo contrario? ¿No dijiste una vez que en cualquier barco en el que navegue Ahab, ese barco debería pagar un extra en su póliza de seguros, como si fuera cargado con barriles de pólvora a popa y cajas de cerillas a proa? Detente ahora; ¿no lo dijiste?
—Bien, supongamos que lo hice. ¿Y qué? En parte he cambiado de carne desde entonces, ¿por qué no mi mente? Además, suponiendo que vayamos cargados de barriles de pólvora en la popa y cerillas en la proa; ¿cómo demonios podrían prenderse las cerillas con esta rociada empapada de aquí?
Vaya, hombrecito, tienes el pelo bonito y rojo, pero no podrías prenderte ahora. Sacúdete; eres Acuario, o el aguador, Flask; podrías llenar cántaros en el cuello de tu casaca. ¿No ves, entonces, que por estos riesgos adicionales las compañías de Seguros Marítimos exigen garantías adicionales? Aquí hay bocas de riego, Flask.
Pero escucha de nuevo, y te responderé a lo otro. Primero quita la pierna de la corona del ancla, eso sí, para que pueda pasar el cabo; ahora escucha. ¿Cuál es la gran diferencia entre sujetar el pararrayos de un mástil en la tormenta y estar de pie junto a un mástil que no tiene ningún pararrayos en absoluto en una tormenta? ¿No ves, cabeza de alcornoque, que ningún daño puede sobrevenirle al que sostiene la barra, a menos que el rayo golpee primero el mástil?
¿De qué estás hablando, entonces? Ni un barco en cien lleva pararrayos, y Ahab —sí, hombre, y todos nosotros— no corríamos más peligro entonces, en mi pobre opinión, que todas las tripulaciones de diez mil barcos que ahora surcan los mares. Vaya, pedazo de King-Post, supongo que querrías que cada hombre en el mundo anduviera con un pequeño pararrayos subiendo por la esquina de su sombrero, como la pluma abrochada de un oficial de milicia, y arrastrando por detrás como su banda. ¿Por qué no eres sensato, Flask? Es fácil ser sensato; ¿por qué no lo eres, entonces? Cualquier hombre con medio ojo puede ser sensato.
—No sé yo eso, Stubb. A veces lo encuentras bastante duro.
“Sí, cuando uno está empapado hasta los huesos, es difícil mantener la sensatez, eso es un hecho. Y yo estoy más o menos calado hasta los tuétanos con esta rociada.
No importa; pilla la vuelta ahí y pásala. Me parece que estamos amarrando estas áncoras ahora como si jamás fuesen a utilizarse otra vez. Atar estas dos áncoras aquí, Flask, parece como atarle a un hombre las manos a la espalda. Y qué manos tan grandes y generosas son, sin duda. Estos son tus puños de hierro, ¿eh? ¡Qué agarre tienen también! Me pregunto, Flask, si el mundo estará anclado en alguna parte; si lo está, oscila con un cabo inusualmente largo, eso sí.
Venga, martillea ese nudo hasta fijarlo, y habremos acabado. Así; después de tocar tierra, posarse en la cubierta es de lo más satisfactorio. Oye, ¿me escurres los faldones de la chaqueta, por favor? Gracias.
Se ríen tanto de la ropa de calle, Flask; pero a mí me parece que siempre debería llevarse una levita en todas las borrascas mar adentro. Los faldones que se estrechan de ese modo sirven para evacuar el agua, ¿ves? Lo mismo pasa con los sombreros bicornios; las alas forman canalones a dos aguas, Flask. ¡Se acabaron las chaquetas cortas y las telas alquitranadas para mí; tengo que enfundarme en un frac y encasquetarme un castor; así.
¡Hola! ¡Uf! Ahí se va mi sombrero alquitranado por la borda; ¡Señor, Señor, que los vientos que vienen del cielo sean tan descarados! Esta es una noche desagradable, muchacho”.