—Pedazo de imbécil descerebrado —gritó—, ¿por qué no haces lo que te digo?
Peter sintió que lo estaba insultando, y a la buena de Dios replicó con vehemencia:
¡Y tú también!
Entonces, curiosamente, ambos soltaron la misma observación:
“¡Cállate!”
“¡Cállate!”
No obstante, el pájaro estaba decidido a salvarlo si podía, y con un último y poderoso esfuerzo impulsó el nido contra la roca.
Luego echó a volar hacia arriba; abandonando sus huevos, para dejar claras sus intenciones.
Entonces por fin lo comprendió, y apretó el nido contra su pecho y agitó las manos en señal de agradecimiento hacia el ave que aleteaba sobre su cabeza. No era para recibir su agradecimiento, sin embargo, por lo que ella se mantenía suspendida allí en el cielo; ni siquiera era para verlo entrar al nido; era para ver qué hacía con sus huevos.
Había dos grandes huevos blancos, y Peter los levantó y se quedó pensativo. El ave se cubrió la cara con las alas para no ver los últimos de sus huevos; pero no pudo evitar mirar de reojo entre las plumas.
Olvido si os he contado que había una estaca en la roca, clavada en ella por unos bucaneros de antaño para señalar el lugar de un tesoro enterrado. Los niños habían descubierto el reluciente botín y, cuando estaban de humor travieso, solían arrojar lluvias de dobles de a ocho, diamantes,