“No, vida mía, este es mi sitio”.
En la amargura de su remordimiento juró que no volvería a salir de la perrera hasta que sus hijos regresaran. Por supuesto, esto era una lástima; pero hiciera lo que hiciese el señor Darling, tenía que hacerlo en exceso; de lo contrario, pronto dejaba de hacerlo. Y jamás hubo hombre más humilde que el antaño orgulloso George Darling, sentado en la perrera al caer la tarde hablando con su esposa sobre sus hijos y todas sus lindas costumbres.
Muy conmovedora era su deferencia hacia Nana. No la dejaba entrar en la caseta, pero en todo lo demás seguía sus deseos implícitamente.
Todas las mañanas, la perrera, con el señor Darling dentro, era trasladada a un carruaje que lo llevaba a su oficina, y él regresaba a casa de la misma manera a las seis.
Algo de la fuerza de carácter de este hombre se evidenciará si recordamos cuán sensible era a la opinión de los vecinos: este hombre cuyos movimientos todos atraían ahora una atención sorprendida.
Por dentro debió de sufrir un tormento; pero conservó un exterior tranquilo incluso cuando los jóvenes criticaban su pequeña casa, y siempre se quitaba el sombrero cortésmente ante cualquier dama que mirara hacia el interior.
Puede que fuera quijotesco, pero fue magnífico. Pronto trascendió el significado oculto del asunto, y el gran corazón del público se vio conmovido. * Multitudes seguían el carruaje, vitoreándolo con entusiasmo; * encantadoras muchachas se trepaban a él para conseguir su autógrafo; * aparecieron entrevistas en los periódicos de la mejor clase, y la alta sociedad lo invitaba a cenar añadiendo: «Venga a