La Sombra
La señora Darling soltó un grito y, como si respondiera a una campanilla, se abrió la puerta y entró Nana, de vuelta de su salida nocturna.
Gruñó y se abalanzó sobre el muchacho, que saltó ágilmente por la ventana.
De nuevo gritó la señora Darling, esta vez afligida por él, pues creía que lo habían matado, y corrió a la calle en busca de su cuerpecito, pero este no estaba allí; y miró hacia arriba, y en la negra noche no pudo ver nada salvo lo que creyó que era una estrella fugaz.
Regresó a la guardería y encontró a Nana con algo en la boca, que resultó ser la sombra del muchacho. Cuando él había saltado hacia la ventana, Nana la había cerrado rápidamente, demasiado tarde para atraparlo, pero su sombra no había tenido tiempo de salir; ¡zas, se cerró la ventana y la cortó de golpe!
Puede estar segura de que la señora Darling examinó la sombra con detención, pero era de lo más corriente.
Nana no tenía la menor duda de lo que era mejor hacer con esta sombra. La tendió en la ventana, queriendo decir: «Seguro que volverá a por ella; pongámosla donde pueda alcanzarla fácilmente sin molestar a los niños».
Pero por desgracia la señora Darling no podía dejarla tendida en la ventana; parecía demasiado ropa blanca colgada y bajaba el nivel de toda la casa.