Ay, Campanilla no pudo explicar esto, pues ni siquiera ella conocía el oscuro secreto del árbol de Slightly. Sin embargo, las palabras de Garfio no habían dejado lugar a dudas. La taza estaba envenenada.
—Además —dijo Peter, creyéndose por completo—, nunca me quedé dormido.
Él levantó la copa. Ya no había tiempo para palabras; era el tiempo de los actos; y con uno de sus movimientos relampagueantes, Campanilla se metió entre sus labios y el brebaje, y se lo tragó hasta la última gota.
—Pero bueno, ¡Tink!, ¿cómo te atreves a beberte mi medicina?
Pero ella no respondió. Ya iba dando bandazos en el aire.
—¿Qué te pasa? —exclamó Peter, de repente asustado.
—Estaba envenenado, Peter —le dijo con suavidad—; y ahora voy a estar muerta.
“—Oh, Tink, ¿te lo bebiste para salvarme?”
“Sí.”
“Pero ¿por qué, Campanilla?”
Sus alas apenas la sostenían ya, pero en respuesta se posó en su hombro y le dio un mordisco cariñoso en la barbilla. Le susurró al oído: «Menudo imbécil estás hecho»; y luego, tambaleándose hacia su aposento, se tendió en la cama.
Su cabeza casi llenaba la cuarta pared de su pequeña habitación mientras él se arrodillaba cerca de ella con angustia. A cada momento su luz se iba haciendo más tenue; y él sabía que si llegaba a apagarse ella dejaría de existir. A ella le gustaban tanto las lágrimas de él que extendió su hermoso dedo y dejó que resbalaran sobre este.