—Ahora no me interrumpas —le suplicaba—. Tengo una libra con die7 y siete aquí, y dos y seis en la oficina; puedo prescindir de mi café en la oficina, digamos diez chequines, lo que hace dos, nueve y seis, con tus dieciocho y tres son tres, nueve y siete, con cinco ceros ceros en mi chequera son ocho, nueve y siete—¿quién se mueve ahí?—ocho, nueve y siete, punto y me llevo siete—no hables, vida mía—y la libra que le prestaste a ese hombre que vino a la puerta—tranquila, niña—punto y me llevo niña—¡vaya, ya lo has arruinado!—¿dije nueve, nueve y siete? sí, dije nueve, nueve y siete; la cuestión es, ¿podemos intentarlo durante un año con nueve, nueve y siete?
“Claro que podemos, George”, exclamó ella. Pero tenía debilidad por Wendy, y él era en realidad el personaje más grandioso de los dos.
“Recuerda las paperas —le advirtió casi amenazadoramente—, y vuelta a empezar—: Paperas una libra, eso es lo que he apuntado, aunque me atrevo a decir que será más bien como treinta chelines, no hables, sarampión uno cinco, rubeola media guinea, son dos quince seis, no muevas el dedo, tos ferina, digamos quince chelines”; y así seguía, y sumaba diferente cada vez; pero al fin Wendy salió del paso, con las paperas reducidas a doce seis, y las dos clases de sarampión tratadas como una.
Hubo la misma emoción por John, y Michael se libró por los pelos; pero los dos se quedaron, y pronto se habría podido ver a los tres en fila marchando al jardín de infancia de la señorita Fulsom, acompañados por su niñera.
A la señora Darling le encantaba tenerlo todo a la perfección, y el señor Darling tenía pasión por ser exactamente igual que sus vecinos; así que, por supuesto, tenían una niñera. Como eran pobres, debido a la cantidad de leche que bebían los niños, esta niñera era una perra terranova de aspecto estricto llamada