su caseta.
Mr. Darling sentía una vergüenza terrible de sí mismo, pero no dio su brazo a torcer. En un silencio espantoso, la señora Darling olió el cuenco.
—¡Ay, George —dijo—, es tu medicina!
—Solo era una broma —brugió él, mientras ella consolaba a sus muchachos y Wendy abrazaba a Nana—. De mucho sirve —dijo con amargura— que me parta el lomo intentando ser gracioso en esta casa.
Y aun así Wendy abrazó a Nana.
—Así se hace —gritóÉl—. ¡Mímala! A mí nadie me mima. ¡Claro que no! Yo soy solo el que gana el pan, ¿por qué iban a mimarme a mí, por qué, por qué, por qué!
—George —le suplicó la señora Darling—, no tan alto; los sirvientes te oirán.
De algún modo se habían acostumbrado a llamar «los sirvientes» a Liza.