—¿Estás segura, Wendy?
—Oh, sí.
La señora Darling se estremeció y fue a la ventana. Estaba firmemente cerrada. Miró hacia afuera, y la noche estaba salpicada de estrellas. Se amontonaban alrededor de la casa, como si sintieran curiosidad por ver qué iba a suceder allí, pero ella no se dio cuenta de esto, ni de que una o dos de las más pequeñas le guiñaban un ojo. Sin embargo, un miedo sin nombre le encogió el corazón y la hizo exclamar: «¡Oh, cuánto desearía no ir a una fiesta esta noche!».
Incluso Michael, ya medio dormido, sabía que ella estaba turbada, y preguntó: —¿Puede hacernos daño algo, madre, después de que se encienden las luces de noche?
—Nada, tesoro —dijo—; son los ojos que una madre deja atrás para cuidar a sus hijos.
Fue de cama en cama cantándoles ensalmos, y el pequeño Michael le echó los brazos al cuello. «Madre —exclamó—, qué alegría me das». Fueron las últimas palabras que iba a oír de él en mucho tiempo.
El número 27 estaba a solo unos metros de distancia, pero había caído una ligera nevada, y el padre y la madre Darling sortearon con destreza para no ensuciarse los zapatos. Ya eran las únicas personas en la calle, y todas las estrellas los estaban mirando. Las estrellas son hermosas, pero no pueden tomar parte activa en nada; solo deben mirar por siempre jamás. Es un castigo que se les impuso por algo que hicieron hace tanto tiempo que ya ninguna estrella sabe qué fue. Así que las más viejas se han vuelto vidriosas y rara vez hablan (guiñar el ojo es el idioma estelar), pero las más pequeñas aún se maravillan.