Peter continuó llorando, y pronto sus sollozos despertaron a Jane. Ella se incorporó en la cama, y se interesó al instante.
—Muchacho —dijo ella—, ¿por qué lloras?
Peter se levantó y le hizo una reverencia, y ella se la devolvió desde la cama.
—Hola —dijo él.
—Hola —dijo Jane.
—Me llamo Peter Pan —le dijo ella.
“Sí, lo sé.”
—Volví por mi madre —explicó—; para llevarla al País de Nunca Jamás.
—Sí, lo sé —dijo Jane—, te he estado esperando.
Cuando Wendy regresó con timidez, encontró a Peter sentado en la cabecera de la cama cantando victoria gloriosamente, mientras Jane, en camisón, volaba por la habitación en un éxtasis solemne.
—Ella es mi madre —explicó Peter; y Jane bajó y se puso a su lado, con la expresión en el rostro que a él le gustaba ver en las damas cuando lo miraban.
—Vaya que necesita una madre —dijo Jane.
—Sí, lo sé —admitió Wendy con cierta tristeza—; nadie lo sabe tan bien como yo.
—Adiós —dijo Peter a Wendy; y se elevó en el aire, y la desvergonzada Jane se elevó con él; ya era su manera más fácil de desplazarse.