—Mi don fatal para el humor, querido.
“Mi susceptibilidad con las nusidades, queridos amo y ama.”
Entonces uno u otro de ellos se derrumbaba por completo; Nana ante la idea de: «Es verdad, es verdad, no tendrían que haber tenido un perro como niñera». A menudo era el señor Darling quien le ponía el pañuelo en los ojos a Nana.
—¡Ese demonio! —clamaba el señor Darling, y el ladrido de Nana era el eco de aquello, pero la señora Darling jamás reprendía a Peter; había algo en la comisura derecha de su boca que le impedía insultar a Peter.
Se sentaban allí, en la guardería vacía, recordando con cariño hasta el más mínimo detalle de aquella espantosa tarde. Había comenzado sin incidentes, de manera tan idéntica a otras cien tardes, con Nana poniendo a calentar el agua para el baño de Michael y llevándolo a cuestas hasta ella.
—No me iré a la cama —había gritado, como alguien que todavía creía que tenía la última palabra sobre el asunto—, no iré, no iré. Nana, todavía no son las seis. ¡Ay, Dios mío, ay, Dios mío, ya no te querré más, Nana! ¡Te digo que no quiero que me bañen, no quiero, no quiero!
Entonces la señora Darling había entrado, vestida con su traje de noche blanco. Se había arreglado temprano porque a Wendy le encantaba verla con su traje de noche y el collar que George le había regalado.
Llevaba puesta en el brazo la pulsera de Wendy; le había pedido que se la prestara. A Wendy le encantaba prestarle su pulsera a su madre.
Había encontrado a sus dos hijos mayores jugando a ser ella misma y el padre con motivo del nacimiento de Wendy, y John estaba diciendo:
—Me alegra informarle, señora Darling, de que ya es madre —con el mismo tono exacto que el propio señor Darling pudo haber empleado en