He sido de mi tiempo—enteramente de mi tiempo—, falto de valor para dar un sopapo, como un pájaro que respeta un espantapájaros andrajoso y sin nervio. Enteramente un hombre de mi tiempo. Fíjate en que no digo «nuestro tiempo». Tú eres de todo tiempo—tú eres la amada Mujer del primer grito que rompió el silencio y del último canto que marcará el fin de este ingenioso mundo al que se le han dado el amor y el sufrimiento, pero que ha inventado para sí mismo, en el curso de los siglos, todas las virtudes y todos los crímenes. Y siendo de este mundo y de mi tiempo, me he propuesto tratar ingeniosamente con mi sufrimiento y mi amor.
Ahora todo ha terminado—incluso los remordimientos. De las cosas finitas no queda nada sino unos pocos días de vida y mi confesión que hacerte—a ti sola en todo el mundo.
Es difícil. ¿Cómo he de empezar? ¿Lo creerías—cada vez que salía de tu presencia era con el deseo, con la necesidad de olvidarte. ¿Lo creerías?
Este es el gran secreto: el corazón de mi confesión. La distancia no contaba. Ningún muro podía ponerme a salvo. Ninguna soledad podía defenderme; y, al no tener fe en los consuelos de la eternidad, sufrí demasiado cruelmente por tu ausencia.
Si hubiera habido reinos que conquistar, una cruzada que predicar—pero no. No habría tenido el valor de ir más allá del sonido de tu voz. ¡Podrías haberme llamado en cualquier momento! Jamás lo hiciste. Jamás. Y ahora es demasiado tarde.
Además, soy un hombre de mi tiempo, y el tiempo no es de grandes hazañas, sino de especulaciones colosales. Los momentos en que no estaba contigo había que pasarlos de algún modo. No me atrevía a afrontarlos con las manos vacías no fuera a enloquecer por el puro sufrimiento y a empezar a maldecirte.