las tres próximas semanas. El día antes de la boda han de elegir el que mejor les convenga, y el día de la boda por la tarde partirán hacia Italia. Vendrán hacia ti. … Entonces sin duda también les llegará un telegrama para decirles que, con toda probabilidad, los automóviles serán cosas inaccesibles para ellos durante varios años. ¡Qué derrumbe el de sus vidas!
Era extraño lo que sentía hacia él. Ya sabes, su frente alta y pomposa, el brillo que emanaba por todas partes, sus maneras graves y ceremoniosas. Sostenía su sombrero —un sombrero espléndido, brillante, de «buena familia»— frente a la boca, tal cual si estuviera en la iglesia. Incluso pronunció un discurso para presentarme a la señorita Averies. Verás, en cierto sentido, se encontraba en un templo. Mi despacho albergaba a una deidad, a una divinidad: la ley, la propiedad, los derechos del hombre tal como los sustenta una constitución augusta. Para él, yo soy un hombre maravillosamente «seguro». Querida mía, no te imaginas lo que siento hacia él: un poco como una deidad, un poco como una Providencia vengadora. Imagino que la auténtica Deidad debe de sentirse ante algunos de Sus fieles muy parecido a como me siento yo ante este fénix de los divinos.
La Divinidad es después de todo el Artista supremo—y la cualidad suprema del Arte es la sorpresa.
Imagínense entonces los sentimientos de la Divinidad hacia algunos de los que entran con mayor confianza en Su templo. Imagínense tan solo su actitud hacia aquellos que comercian con las obvias perogrulladas de que «la honradez es la mejor política», o «el genio es la capacidad para el esfuerzo». Así se les aparece el mundo durante días. Luego, de repente: la honradez deja de ser rentable; se descubre que la criatura, que ha estado acumulando con sus infinitos esfuerzos datos para su Gran Obra, ha producido una obra de una Infinita Soporosidad.