Durante años mi conciencia de esta pequeña colaboración ha sido muy vaga, casi impalpable, como visitas fugaces de un fantasma. Si alguna vez pensé en ello —y debo confesar que apenas recuerdo haberlo hecho a propósito hasta que mi Colaborador llamó definitivamente mi atención sobre el asunto—, siempre lo consideré algo de la naturaleza de un fragmento. Me sorprendió e incluso me chocó descubrir que era redondo. Pero no hacía falta. Redondo como es en su forma, usando la palabra forma en su sentido más simple —forma impresa—, sigue siendo, no obstante, un fragmento por su propia naturaleza y también por necesidad. Nunca podría haber llegado a ser otra cosa. Y aun como fragmento, no es más que el fragmento de otra cosa que podría haber sido —de una mera intención—.
Pero, tal como están las cosas, lo que más me impresiona es la cantidad que este fragmento contiene de la atmósfera crudamente materialista de la época de su origen, la época en que se fundó la English Review. Emerge de las profundidades de un pasado tan distante de nosotros ahora como las levitas de faldones cuadrados en las que jouisseurs sin escrúpulos, cultos y de elevados principios como el nuestro atendían aquí a sus extrañas actividades comerciales y cultivaban la pequeña flor azul del sentimiento.
Sin duda, nuestro hombre fue concebido con fines irónicos; pero nuestra concepción de él, me temo, es demasiado fantástica.
Sin embargo, lo más fantástico de todo, según me parece, es que nosotros dos, que tantas veces habíamos discutido con sobriedad los límites y los métodos de la composición literaria, hayamos creído por un momento que una obra de la naturaleza de una confesión analítica (producida *in