Aun suponiendo que hubiera decidido tácitamente morir en la calle, creo que de todos modos habría vuelto a casa a pie, tan solo para recrearme un poco más en ese delicioso sentimiento de pura curiosidad.
Pues era pura curiosidad por ver cómo este mundo, al que nunca había mirado, se comportaba en realidad ante unos ojos absolutamente imparciales.
Por eso, cuando llegué a casa, despedí al mensajero que me trajo la carta de Edward Burden; no iba a haber respuesta. Fuera cual fuera la pregunta de Burden, yo no iba a comprometerme con ningún otro acto. Mi último acto fue el envío del paquete a usted.
El abrir la carta de Burden, una vez que el mensajero se hubo marchado, no fue más que parte de mi curiosidad general. Quería ver qué aspecto tendría una carta de los Burden cuando ya no tuviera ninguna relevancia para mí. Era como si fuera a leer una carta de aquel querido Edward dirigida a un hombre que no conocía sobre un asunto del que jamás había oído hablar.
¡Y entonces fui indultado!
El buen Edward, imaginando que yo me había sentido gravemente ofendido porque él propusiera que los abogados de su esposa supervisaran mi administración —el buen Edward, en su inquietud, había insistido firmemente en que todas las escrituras se me devolvieran de forma absolutamente libre de revisión. Dijo que había tenido que dar una dura batalla por ello y que los pocos miles que me había tomado prestados representaban su acuerdo matrimonial, que de ese modo había pagado en efectivo. …
Combinaba de maravilla con su carácter, ahora que lo pienso. Por supuesto, estaba disciplinando a los representantes de la señorita Averies tal como la había disciplinado a ella misma en el asunto del té de