decir: «No pasa nada, tu confidencia tan sincera te honra infinitamente». Su deidad consistía, de hecho, en encontrarle alguna salida a su agujero moral. Yo debía buscarle alguna excusa afable; hacerle sentir bien de nuevo en su excelente digestión. Ese era, absolutamente, su punto de vista, pues ante mi brutal sentencia tartamudeó:
—Pero… pero sin duda… los errores de la juventud… y sin duda hay muchos otros…
Negué con la cabeza y el pánico se le caía de los ojos: —¿No puedo casarme con Annie honradamente? —tembló.
Sentí un deleite siniestro al girar el cuchillo dentro de él. De todos modos iba a dejarlo marchar: la clase de gata que soy siempre deja marchar a sus ratones.
(Ese ratón, por cierto, no ha vuelto a hacer acto de presencia.)
—Mi querido amigo —le dije—, ¿no le permite su delicadeza ver el aprieto en el que me pone? A mí me conviene que usted no se case con la señorita Averies y me pide consejo sobre el asunto.
Se le cayó la boca abierta: de verdad que jamás había pensado que al casarme yo perdía los malditos trescientos al año por administrar el fideicomiso Burden.
Me senté y le sonreí para darle tiempo de sobra para que su mente se atormentara con su situación.
—Oh, maldita sea —dijo—... Y sus ojos tontos recorrieron mi habitación buscando esa Providencia que sentía que debía intervenir en su favor. Cuando se posaron en mí de nuevo, le dije: