de molde más grande y noble —¡contigo!—, sin duda pondría en juego mi propio idealismo. La rodearía de los atributos que considero más deseables en el mundo. Pero en cualquiera de los dos casos no me imagino arrastrándola hacia mis propias necesidades sociales o materiales.
Eso es lo que Edward Burden está haciendo por la pequeña señorita Averies. No quiero decir que no la idealice, pero la ve transfigurada como la dispensadora de su marca especial de té o la madre del tipo de hijo que él fue.
Y eso me parece una razón muy válida por la cual las mujeres, si fueran sensatas, deberían confiar su suerte, con sangre fría y premeditación, a la clase de hombres peligrosos que ahora las atraen y de los que huyen.
Huyen de ellos, estoy convencido, porque temen por sus fortunas materiales mundanas. Temen, es decir, que el poeta no sea un hombre de negocios estable: reconocen que es un jugador —y les parece una locura confiar en un jugador para obtener protección de por vida. En eso tal vez tengan razón. Pero creo que ninguna mujer duda de su poder para retener el afecto de un hombre—, de modo que no es a la reputación de inestabilidad matrimonial a la que el poeta debe su desamor. Una mujer vive, en suma, para jugar con este fuego en particular, puesto que se dice a sí misma: «He aquí un hombre que ha roto los corazones de muchas mujeres. Voy a emprender la aventura de domesticarlo». Y, si considera que la aventura es peligrosa, eso no hace sino volver el desafío aún más atractivo, ya que en el fondo toda mujer, al igual que todo poeta, es una jugadora. En eso tal vez tenga razón.
Pero me parece que las mujeres cometen un gran error en el valor de lo que están dispuestas a apostar para entrar en este juego.
Apostarán, por decirlo así, su moneda relativamente grande —sus vidas sentimentales—, pero guardan con los dedos cerrados la perra chica que es meramente el futuro material.