final incluso escribíamos para leer en voz alta el uno para el otro: pues me llama poderosamente la atención que The Nature of a Crime es en su mayor parte prosa destinada a la recitación, o de ese tipo.
De todos modos, al abrumarme el recuerdo, yo seguía leyendo y leyendo. Uno empieza con un buen impulso. A veces eso duraba hasta el final. Pero, con tanta frecuencia como no, por una auténtica telepatía, con los ojos en la página y la voz en marcha, me percataba de una quietud exagerada por parte de mi Colaborador en las sombras.
Era una clase de quietud extraordinaria: no de muerte; no de una edad de hielo. Sí, era la quietud de un prisionero en el potro decidido a ocultar una agonía. Yo seguía leyendo, con la voz pegándoseme gradualmente a las mandíbulas. Cuando se volvía insoportable, levantaba la vista. Al otro lado del hogar alcanzaba a ver a un hombre terriblemente enfermo, de rostro convulso, de dedos contorsionados. Guido Fawkes bajo la peine forte et dure tenía ese aspecto. Deben recordar que nos tomábamos la escritura muy en serio.
Yo seguía leyendo. Al cabo de un buen rato llegaba:
“Oh! … Oh, oh! … Oh my God. … My dear Ford. … My dear faller. …”
(Esa era por entonces la pronunciación de moda para fellow, «compañero» o «tipo».)
Por mi parte, yo escuchaba siempre con admiración. Siempre con una admiración que jamás he vuelto a recuperar. Y si había aspectos admirables que no me parecía que encajaran con la escena en cuestión, podía al menos, al final de la lectura, decir con perfecta sinceridad: «¡Maravilloso! ¡Cómo haces las cosas!…» antes de empezar con: «Pero, ¿no crees tal vez que…».