existe: se no concede una tregua, un descanso; un intervalo en el que ninguna norma de conducta nos oprime. Es una idea de un atractivo más universal que cualquier otra en la que la cansada imaginación de la humanidad se refugia.
¡El pensamiento de que en alguna parte del mundo deba haber algo que yo pudiera darte, o tú a mí, que nos dejara en libertad de hacer lo que deseamos sin el lastre de pensar en lo que nos debemos, el uno al otro, al mundo!
Y al fin y al cabo, ¿qué mayor regalo podría darle uno a otro? Sería la libertad esencial.
Pues, ciertamente, el filtro no podría hacer más que poner en manos de un hombre el poder de hacer lo que haría si lo dejaran en libertad. No sacaría a relucir más de lo que lleva dentro: pero se expresaría plena y definitivamente.
Algo inesperado ha cambiado el curso de mis pensamientos.
Nada puede cambiar su matiz, el cual no está regido por lo que otros hacen sino por la acción a la que debo enfrentarme en este momento.
Y no sé por qué debería usar la palabra inesperado, a menos que sea porque en ese instante estaba muy lejos de esperar ese tipo de perplejidad.
Lo correcto sería decir que ha sucedido algo natural.
Perfectamente natural. El ascetismo es lo último que uno podría esperar de los Burden. Alexander Burden, el padre, era un millonario exuberante —de un modo nada vulgar, por supuesto—; era exuberante con mesura, no para lucirse, con una magnificencia destinada principalmente a su propia satisfacción.