Tengo, pues, diez horas, menos el tiempo que me ha tomado registrar lo del ratón, para hablar contigo. Es extraño, cuando lo recuerdo, que en todos los años que nos hemos conocido —siete años, tres meses y dos días— jamás haya tenido diez horas enteras en las que pudiera hablar contigo. El tiempo más largo fue cuando regresamos juntos de París, cuando tu marido estaba en un estado en el que no podía ni ver ni oír.
(Por cierto, lo he visto todos los días desde que te has ido. La verdad es que se está apartando de ello maravillosamente bien; de hecho, diría que ni una sola vez ha sucumbido realmente.
Me imagino, en realidad, que tu ausencia le viene bien en cierto modo: crea un conjunto nuevo de circunstancias, y se dice que un cambio es una ayuda excelente para romper un hábito. Me refiero a que tiene que ocuparse de algunas de las cosas, innumerables como son, que tú haces por él.
Me he enterado de que incluso ha pedido su libreta de ahorros al banco y la ha comparado con sus talones. A causa de esta mejoría, todavía no me he pasado por su farmacia. Pero sin duda les diré que deben disminuir subrepticiamente la concentración de este.)
Ese ha sido el tiempo más largo que jamás hemos hablado de verdad juntos.
Y pensar que en todos estos años ¡ni una sola vez te he tomado de la mano ni por un momento más de lo que exigía la más estricta etiqueta!
Y yo te amé durante el primer mes.
Me pregunto por qué será. Capricho, tal vez. Hábito tal vez—una especie de idealismo, una especie de delicadeza, un sibaritismo. Como bien sabes, no es por ningún escrúpulo moral. …
Interrumpo para mirar lo que ya te he escrito. Está, en primer lugar, la cuestión de por qué nunca te conté mi secreto; luego, la cuestión de cuál