Podía pensar en mí, en su madre, en el hecho de que en potencia estaba arrojando a los cuatro vientos la razón misma de su existencia. Porque, ciertamente, si Edward Burden tiene una razón de existir es la de no hacer nada, ni moral ni físicamente, que lo incapacite para contraer un buen matrimonio. Así pues, tenía, junto con el placer físico que pudiera haber, la inmensa emoción de jugárselo el todo por el todo, acompañada de la tremenda euforia del debate interno que la precedía. Pues en realidad se lo estaba jugando todo a la carta de poder tomar lo que deseaba y, después, reconciliarlo con su conciencia para hacer un buen enlace. Pues bien, se lo ha jugado y ha ganado. Eso es el verdadero desenfreno. Eso es, en cierto sentido, la alegría compensatoria que obtiene el puritanismo.
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IV. Tristán e Isolda
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