China sobre el cual le he escrito. ¡Y se había imaginado que yo estaba gravemente herido! ¿Puedes figurarte a semejante imbécil?
Pero, si me permite usted continuar viviendo, salvará al pobre tonto del gran impacto que le tenía preparado: la avalancha del descubrimiento, el terremoto de la incertidumbre. Pues él dice, de ese modo tan amable suyo, que, habiendo demostrado así su absoluta confianza en mí —en el hecho, es decir, de que la Providencia está del lado de todas las Cargas—, elegirá un momento en el futuro, conveniente para mí, en el que examinará a fondo sus cuentas conmigo. Y puesto que su viaje de bodas lo llevará alrededor de todo el mundo, tengo al menos un año para arreglar las cosas. Y por supuesto puedo posponer su escrutinio indefinidamente o engañarlo para siempre.
No pensé todas estas cosas al mismo tiempo. De hecho, cuando hube leído su carta, tan fuerte era en mí la sensación de que no era sino un fenómeno mental, una cosa que no tenía relación conmigo —la sensación de definitud era tan intensa en mí— que de hecho me descubrí sentado en aquella silla antes de darme cuenta de lo que había sucedido.
Lo que había ocurrido era que me había vuelto total y definitivamente de tu propiedad.
Solo en ese sentido se me ha concedido un indulto. En lo que concierne a Edward Burden, estoy totalmente a salvo. Estoy ante usted y le pido que vuelva el pulgar hacia arriba o hacia abajo. Pues, habiéndome expresado como lo he hecho ante usted, le he otorgado un derecho sobre mí. Ahora que la apremiante necesidad de mi muerte ha terminado, debo preguntarle si debo precipitarme hacia nuevas aventuras que me conduzcan a la muerte o si he de encontrar algún término medio en el que podamos llevar una vida propia, de algún modo juntos. Estaba a punto de quitarme la vida para evitar la prisión: ahora la prisión ya no