especulado. Pues el especulador actúa por lucro; el jugador, para interesarse. He jugado—para huir de ti—: he intentado escapar de mis pensamientos sobre ti adivinando el futuro inescrutable. Pues en eso consiste el juego. Apuestas a un alza, apuestas a una baja—y el alza o la baja pueden depender de la locura pasajera de una docena de hombres que declaran una guerra, o de la lluvia caída del cielo que hace brotar tantas espigas más sobre tantos millones de pulgadas cuadradas de tierra. La cuestión es que te haces dependiente del capricho—del capricho del tiempo o del movimiento en la mente de hombres más dementes que tú.
Hoy me he embarcado en lo que es la mayor apuesta de mi vida entera. Ciertos hombres que creen en mí —no son Edward Burden, sin embargo, creen en mí— me han propuesto formar un acaparamiento de cierto artículo que es indispensable para la vida diaria de la Ciudad. No te digo lo que es porque con toda seguridad presenciarás los efectos de esta inspiración.
Dirás que, cuando esto esté consumado, será de lo más aburrido. Y eso es literalmente verdad: cuando esté hecho, no tendrá ningún interés. Pero en la multitud de cosas que habrá que hacer antes de que todo esté terminado —en la espera de que las cosas surtan efecto, en los fracasos tal vez más que en los éxitos, ya que los fracasos implicarán nuevas trazas— en todas las minuciosas lecturas de mente que serán necesarias, residirá el interés, y en los hombres con quienes a uno le toque entrar en contacto, los hombres con quienes uno lucha, los hombres a los que hay que sobornar o embaucar.
Y tú dirás: ¿Cómo puedo yo, que he de morir en catorce días, emprender una empresa que durará muchos meses o muchos años? Eso, creo yo, es muy sencillo.
Es mi protesta contra el hecho de que me llamen hombre de acción, el malentendido contra el que he tenido que indignarme toda mi vida. Y