puedo vivir sin ti más tiempo. Y no deseo pedírtelo. Más tarde te lo diré. O no—te lo diré ahora.
Verás, querida mía, se trata de superarse. Sería bastante fácil engañar a tu marido: aún más fácil sería irnos juntos. Pienso que ni tú ni yo hemos tenido nunca ningún escrúpulo de conciencia.
Pero, analizando el asunto hasta sus más hondas profundidades, creo que llegamos a esto: que, sin los motivos de continencia que otra gente tiene, estamos deseosos de mostrar más continencia que ellos. Hacemos cierta labor no por paga, sino por el puro amor al trabajo.
¿Me explico con claridad?
Por lo que a mí respecta, siento un gran orgullo por tu imagen. Puedo decirme a mí mismo:
«Aquí hay una mujer, mi complemento. Ella no tiene respeto por la ley. No valora lo que el respeto por la ley le aportaría. Sin embargo, se mantiene más pura que el más puro de los hacedores de leyes».
Y creo que es el reverso de ese sentimiento el que tú tienes por mí.
Si deseas que siga viviendo, seguiré viviendo: estoy tan dominado por ti que, si deseas que me aparte de este ideal tuyo, el soplo de una orden me hará correr a tu lado.
Estoy dispuesto a dar mi vida por este Ideal: es más, estoy dispuesto a sacrificaros a él, puesto que sé que la vida seguirá siendo para vosotras una cosa muy amarga.
Sé, un poco, lo que significa la renuncia.
Y te pido que lo soportes, por amor a mi ideal de ti. Porque, a buen seguro, a menos que pueda tenerte debo morir, y sé que tú no me pedirás