Acabo de entrar. Nuevamente no adivinarán de dónde. De elegir un automóvil con Burden y su prometida. Parece increíble que se me pida presidir estos preparativos para mi propia ejecución. Miré cientos de estos brillantes motores, con las ruedas blancas monstruosamente infladas, y presté una atención mediausada —pero les aseguro que mediainteresada— a mi propio caso. Pues uno de estos será detenido algún día —y ya pronto— en una larga carrera, por mi extinción. En él irán sentados los dos jóvenes que me acompañaron por los garajes. Se sentarán con cierto confort acolchado —los cojines serán verdes, o rojos, o azules en cuero brillante. Pienso, sin embargo, que no serán verdes— porque la señorita Averies se le escapó decirme, en un pequeño revoloteo de tímida confianza, las palabras: «Oh, no pongamos verde, porque es un color de mala suerte». Edward Burden, por supuesto, la reprimió con un susurro apresurado como si, al delatarse así ante mí, estuviera cometiendo un pecado contra la casa de Burden.
Eso, naturalmente, es la tradición de los Burden: la esposa de un Burden debe poseer debilidades, pero debe fingir perfección aun ante un consejero de confianza de la familia. No debe confesar supersticiones.
Fue divertido, el pequeño incidente, porque fue el primer intento que la pequeña señorita Averies ha hecho jamás para acercarse a mí. Dios sabe cómo la habrá hecho parecer ante ella Edward, pero imagino que, dijera lo que dijese Edward, ella había atravesado ese velo en particular: se da cuenta, con su intuición, de que soy peligrosa. Está alarmada y posiblemente fascinada porque siente que no soy «honesta» —que podría, de hecho, ser una mujer o un poeta.
Burden, por supuesto, nunca ha pasado de ver que visto mejor que él y elijo una cena mejor que la de su tío Darlington.